Desde que Isaac salió del hospital, apenas se habían visto un par de veces.
Él ya no la buscó como cuando estuvo internado, y Selena, agradecida por la tranquilidad, se volcó de lleno en el funcionamiento de la fundación y en ayudar con los preparativos de la boda de Katia.
Santa Marta del Mar. La brisa marina, tibia y salada, jugaba entre los arcos decorados con rosas blancas y telas que ondeaban como nubes ligeras.
Katia, radiante con su vestido de novia, iba del brazo de Selena, parloteando y riendo sin parar.
Selena, sonriendo, arregló un poco el velo de su amiga.
—Hoy, mi Katia, eres la más guapa de todas. No hay quien te haga sombra, ni en este mundo ni en el otro.
La felicidad de Katia era tan evidente que Selena sintió cómo el calorcito de ese momento le llenaba el pecho.
Al fin Katia había encontrado su lugar en el mundo.
La ceremonia estaba por comenzar, y los invitados tomaban asiento poco a poco.
Como dama de honor, Selena se colocó en su sitio, barriendo con la mirada el mar de caras conocidas, lista para recibir al novio.
En ese instante, una figura familiar captó su atención, como un relámpago inesperado.
Isaac.
¿Qué hacía él aquí?
Vestía una camisa azul claro, que realzaba la línea de sus hombros y lo hacía ver aún más alto y firme. Incluso desde la distancia, su presencia se hacía sentir, intensa y casi imposible de ignorar.
Isaac la miraba a través de la multitud, relajado, con una sonrisa brillante curvándose en sus labios.
El corazón de Selena dio un salto. Desvió la vista, fingiendo no haberlo visto, y se concentró en cualquier otra cosa.
La marcha nupcial llenó el aire. El novio, emocionado, avanzó hacia Katia.
Selena respiró hondo, obligándose a volver al presente. Enderezó los hombros y se colgó la mejor de sus sonrisas.
Terminada la ceremonia, los aplausos y vítores no se hicieron esperar.
Selena acompañó a Katia mientras recibían las felicitaciones de los invitados.
Pero no todo era miel sobre hojuelas. En seguida notó a otras caras conocidas entre la multitud.
Carlos Ríos, copa en mano, conversaba con un grupo, pero cada tanto le lanzaba miradas furtivas.
De inmediato, la emoción explotó entre los presentes.
[¡Dile que sí! ¡Dile que sí!]
La chica asintió con fuerza.
El chico le puso el anillo, se incorporó y la abrazó con todas sus fuerzas, sellando el momento con un beso largo que arrancó aplausos, silbidos y hasta gritos de los invitados.
—¡Eso!—vitoreaban todos.
Selena, aún en su sitio, se unió a los aplausos, contagiada por la magia de la escena.
Pasó un buen rato antes de que el bullicio se apagara y la gente comenzara a dispersarse.
Selena aprovechó para buscar a Katia, quien ya se había cambiado al vestido para el brindis.
Al voltear, se topó de frente.
Isaac la miraba desde arriba, y en sus ojos danzaba una emoción difícil de descifrar.
Selena llevaba un vestido lila con tirantes delgados, resaltando su piel clara. El viento le revolvía algunos mechones de su cabello largo y ligeramente ondulado, y sus ojos, todavía humedecidos por la emoción, brillaban con una intensidad que hipnotizaba.

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