Isaac la contempló fijamente, tan absorto en ella que la calidez en su mirada estaba a punto de desbordarse.
—¿No me habías dicho antes que te gustaba mirar las estrellas?
Bajó la vista hacia su reloj y, tras una pausa, añadió:
—Ya es hora.
Le tomó la mano con naturalidad y se la llevó consigo.
Selena se dejó guiar, subiendo por un sendero que serpenteaba entre los árboles, con el corazón latiéndole cada vez más fuerte.
Al entrar al observatorio, lo primero que saltaba a la vista era el domo de cristal: una enorme bóveda transparente bajo la cual el cielo nocturno aparecía en todo su esplendor. Era una inmensidad profunda, sembrada de estrellas diminutas, como si hubieran volcado un puñado de diamantes sobre terciopelo negro.
Mientras Selena se perdía en ese mar de estrellas y silencio, una estela de luz blanca, brillante y repentina, cortó la calma de la noche. Arrastraba una larga cola y desapareció tan pronto como apareció.
—¡Ah! —exclamó Selena sin poder evitarlo, con los ojos muy abiertos.
Apenas se reponía, una segunda y luego una tercera estrella fugaz cruzaron el cielo.
Cada vez eran más, cada vez caían más seguidas.
Las estrellas fugaces caían en ráfagas, como si fuera una lluvia de verano inesperada, llenando el cielo de trazos breves y deslumbrantes, como fuegos artificiales silenciosos.
Selena se quedó completamente absorta, hipnotizada por la belleza irreal de ese espectáculo. Incluso se le olvidó respirar.
Podía escuchar su propio corazón, golpeando con fuerza.
Esa explosión de luz, ese instante, se sentía como un regalo del universo, una función privada solo para ellos dos.
No supo cuánto tiempo pasó, solo que, poco a poco, la lluvia de estrellas fue amainando, hasta que el cielo se calmó de nuevo.
Isaac no se movió ni dijo nada; solo giró la cabeza para mirarla, tranquilo.
Selena también lo miró y, en ese instante, sus miradas chocaron.
Él la miraba con una intensidad que cortaba el aliento, en sus ojos ardían emociones complicadas: seriedad, ternura… y un nerviosismo que no podía esconder.


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