—¿Entonces si no es por celos, por qué actúas así? ¿No es porque Selena y Alejandro se vieron, y eso te tiene de malas? —le soltó Felipe, sin rodeos.
—Solo quiero que ella esté lejos de cualquier peligro, más ahora que falta tan poco para la boda —Isaac apretaba la mandíbula, sus palabras brotaban con una tensión que no podía disimular.
Felipe lo miró con atención. Notó algo más allá de una simple preocupación. La inquietud de Isaac tenía raíces más profundas.
—Oye… ¿me estás ocultando algo? —preguntó Felipe, tanteando el terreno.
Isaac se quedó callado, luchando con sus pensamientos. Al fin, se decidió a hablar:
—Tuve un sueño —murmuró.
—¿Qué soñaste? —Felipe se inclinó hacia adelante, atento.
—Soñé que el día de la boda, Selena se desmayaba en el escenario. Yo la llamaba una y otra vez, pero no despertaba… —su voz temblaba. Cerró los ojos con fuerza, intentando despejar las imágenes que lo atormentaban.
—¿Todo esto por un sueño? —Felipe levantó una ceja, con una mezcla de incredulidad y preocupación.
—No solo es el sueño —Isaac levantó la vista. En sus ojos había un miedo difícil de describir—. Siento que algo malo se acerca. Mientras más espero el día de la boda, más me invade una angustia que no me deja en paz.
Felipe respiró hondo, buscando las palabras correctas.
—Méndez, eso que sientes es ansiedad antes de la boda. Es normal, le pasa a todos los que están por casarse.
Isaac se sirvió otra copa. La bebió de un trago, como si así pudiera ahogar los miedos que lo asfixiaban.
—No puedo controlarlo —admitió, casi en un susurro—. Cuanto más se acerca la boda, más miedo tengo de que algo salga mal. Más ganas tengo de no soltarla nunca.
Felipe se recargó en el sofá y soltó un suspiro largo.
—La neta, ya te estás pasando, hermano.
—No quiero arriesgarme —Isaac respondió de inmediato—. No puedo dejar que nada se interponga.
Felipe vio cómo se llenaba otra copa. Dudó en seguir aconsejándolo, pero al final solo le dio una palmada en el hombro.
—Ya, bájale a la tragadera. Mejor ve a casa y quédate con tu esposa. Deja de darle vueltas.
Isaac no contestó. Permaneció ahí unos minutos más, pero la ansiedad lo carcomía. No podía quedarse quieto.
Ella sí se iba a ir.
¿La propuesta, la lluvia de estrellas, las promesas? ¿Solo habían sido cosas de él, ilusiones que nunca compartió ella?
Al final, Selena iba a arrepentirse.
La desesperación y el miedo lo arrastraron como una ola gigantesca, una tras otra, hasta dejarlo sin aliento.
El mareo del alcohol desapareció. Solo quedó un dolor punzante que lo atravesaba.
Quiso avanzar, pero las piernas no le respondieron. Sentía como si tuviera bloques de cemento atados a los pies.
La vista se le nubló, y las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas sin poder detenerlas.
Cubrió su cara con las manos, los hombros temblando, un sollozo atorado en la garganta.
Sí, tenía razón. No podía retenerla.
No podía retener nada.

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