Todavía había juguetes de Riki regados por el cuarto: el ratón de peluche, la pelota de estambre y la varita de juegos para gatos.
Selena se sentó en el piso, con las piernas dobladas, y colocó la pequeña caja de madera sobre la mesa de centro.
Abrió la cajita y miró por última vez el apacible rostro de Riki, luego cerró con cuidado la tapa.
La pequeña pelota roja de Riki rodó desde debajo del sillón y se detuvo junto a sus pies.
Era el juguete favorito de Riki, el que cada mañana llevaba hasta su cama, golpeándole la cara con la patita para que se despertara y jugara con él.
Selena recogió la pelotita y la sostuvo en sus manos. Los recuerdos la inundaron como una ola: Riki revolcándose bajo el sol, observando la lluvia desde la ventana con atención, y esa silueta que siempre la esperaba sentada junto a la puerta cada vez que regresaba a casa.
La tristeza finalmente la desbordó. Abrazando la pelotita roja de Riki se quebró, llorando sin poder contenerse.
Riki no volvería nunca.
...
Selena yacía en la oscuridad, sin encender la luz.
El timbre de la puerta sonó de repente, rompiendo el silencio.
Selena no se movió. No tenía fuerzas ni ganas de ver a nadie.
El timbre insistió tres veces más. Después, el ruido de una llave girando en la cerradura.
Alguien abrió la puerta desde afuera.
Isaac apareció en la entrada, vestido impecable con su traje, tan guapo como siempre, como si acabara de llegar de una fiesta elegante.
—¿Por qué no prendes la luz? —su voz sonó baja y serena. Caminó hacia el interruptor y lo encendió.
La luz blanca la deslumbró; Selena entrecerró los ojos, tratando de ocultar que había estado llorando.
—Toqué el timbre varias veces —Isaac frunció el ceño, echando un vistazo al cuarto—. ¿Dónde está Riki? —preguntó mientras dejaba el saco sobre el brazo del sillón—. Escuché que hubo un problema hoy en el set. Isa me dijo que Riki la lastimó.
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