Desde aquella noche, todos los objetos que pudieran causar daño en la mansión fueron reemplazados sin hacer ruido.
Los cubiertos de metal desaparecieron, ahora solo quedaban de madera o plástico.
Los vasos de vidrio fueron sustituidos por tazas gruesas de silicona.
No había cuchillos afilados, tijeras, ni siquiera cortaúñas a la vista.
La mayoría del tiempo, Selena se sentaba junto a la ventana, mirando fijo hacia el jardín perfectamente podado, con la mirada perdida en algún punto donde el pasto y las flores parecían demasiado ordenados para ser naturales.
De vez en cuando, la gata blanca saltaba a sus piernas, se restregaba contra su mano y ronroneaba con suavidad, como si quisiera recordarle que no estaba sola.
A veces, ella acariciaba su pelaje sedoso sin darse cuenta, apenas sintiendo la calidez bajo sus dedos.
Pero la mayor parte del tiempo, Selena solo permanecía inmóvil, dejando que la gata se acomodara junto a ella, como si ambas compartieran el mismo encierro.
Su mundo se había reducido a ese dormitorio lujoso y al pedazo de libertad ficticia que le ofrecía el jardín, cercado por muros tan altos que ni el viento podía colarse.
Isaac seguía regresando a la mansión, trayendo consigo el olor fresco del exterior, ese aire a vida que a Selena ya no le pertenecía.
Ya no intentaba obligarla a comer; solo pedía a los empleados que dejaran la bandeja frente a ella y se sentaba en silencio a su lado.
La venda en su muñeca había desaparecido, dejando una cicatriz rosada y discreta.
Selena no le dirigía la palabra ni la mirada.
Si intentaba acercarse, ella se encogía como un animal asustado, temblando, lista para huir aunque no tuviera a dónde ir.
Al final, Isaac solo podía observarla desde lejos, con esa mirada oscura y profunda que parecía buscar respuestas en el vacío.
El celular era el único lazo de Selena con el mundo exterior, pero rara vez se atrevía a tocarlo.
Hasta que, un día, la pantalla se encendió sola y apareció una noticia de espectáculos:
[¡La boda del siglo! ¡Grupo Méndez y Grupo Ríos ya tienen fecha para su unión!]
El reportaje detallaba todos los preparativos: flores importadas desde Europa, un menú diseñado por un chef con estrellas Michelin, la lista de invitados en tarjetas doradas. Todo hablaba de lujo, de poder y de la atención que la boda estaba atrayendo.
Selena deslizaba el dedo por la pantalla, dejando que las imágenes pasaran ante sus ojos una tras otra.



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