En la cubierta del crucero, el viento del mar traía consigo un aroma salado, agitando los cabellos plateados de Isaac sobre su frente.
Tenía en brazos a esa gatita completamente blanca; con la yema de los dedos, acariciaba su lomo suave.
—Riki, papá ya te vengó.
La gatita se acurrucó tranquila, como si ninguna de las tragedias o pecados del mundo tuvieran que ver con ella.
A sus espaldas, la puerta de la zona de práctica de golf había quedado totalmente cerrada, aislando los gritos y el desastre que se ocultaban dentro.
En el rostro de Isaac no se dibujaba emoción alguna; esos ojos que alguna vez reflejaron el universo entero ahora solo mostraban una quietud oscura, como agua estancada.
Darío llegó rápido y, en voz baja, informó:
—Presidente Méndez, el helicóptero está listo.
Isaac asintió apenas, sin voltear siquiera. Ni miró a Darío.
Abrazando a la gata, se encaminó hacia la pista de aterrizaje.
Las aspas del helicóptero levantaron un vendaval, pegándole la camiseta Polo al cuerpo, marcándole la cintura delgada y los hombros anchos.
Se agachó y entró en la cabina.
El helicóptero fue elevándose poco a poco, dejando atrás el lujoso crucero, que pronto no fue más que un punto blanco perdido en la inmensidad azul del mar.
—Riki... —musitó, bajando la mirada a la gata que llevaba en brazos; la voz le salió ronca, quebrada.
La gatita lo miró, levantando la cara. Tenía los ojos oscuros y húmedos, tan parecidos a los de Selena.
Sintió que el corazón se le apretaba como si una mano invisible lo estrujara, tanto que apenas podía respirar.
Se hundió en el pelaje suave de la gatita, como un niño perdido que solo busca un poco de calor en medio de la tormenta.
...
Media hora después, el helicóptero aterrizó sobre una playa de arena blanca, pura, que relucía bajo el sol.
“...En la playa, tienes que poner un arco de flores blancas. Que el suelo esté cubierto de pétalos de gardenia, bien grueso, para que al pisar se sienta suavecito. Porque a ti te encanta el aroma de las gardenias.”
En aquel entonces, la sostenía en sus brazos y su voz no podía esconder la alegría ni las ganas de soñar.
“Los invitados... solo nosotros dos. Bueno, quizás también Katia, la metiche.”
“Mi esposa se merece lo mejor.”
Así lo prometió.
Ahora, el arco estaba ahí. Las gardenias también. El atardecer era perfecto.
Solo que la “esposa” a la que le juró darle el mundo, ya no estaba. Él mismo la había mandado a ese vuelo del que jamás regresó.
Para siempre, ella faltaría en la boda que había preparado con tanto esmero.
Isaac se puso una camisa blanca sencilla, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejando ver los músculos tensos bajo la piel.

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