El Congreso de Internet llegó a su fin.
A la salida del recinto, Felipe llamó a Carlos con entusiasmo:
—¡Carlos, vámonos juntos a Río Verde! Podemos ir en el avión privado del presidente Méndez, llegamos rapidísimo.
Carlos, con una sonrisa algo apenada, se disculpó:
—Felipe, la verdad es que no puedo, ya quedé con la chica que me gusta. Ella también es de Río Verde, así que en unos días regresaremos juntos.
Felipe no perdió la oportunidad de bromearle, chocándole el hombro y guiñándole un ojo con picardía:
—¡Ah, mira nada más! ¡Vas con todo, eh! Avanzaste rápido, mi hermano.
Felipe carraspeó, listo para compartir su sabiduría en cuestiones amorosas.
—Mira, ya casi es San Valentín, ¿no? Haz algo romántico, hermano. Lánzate con unos fuegos artificiales, y si puedes, mándale un dron con una confesión. Te juro que así la conquistas en un dos por tres.
Carlos dudó un poco, rascándose la nuca:
—¿No crees que es demasiado? ¿No va a pensar que soy algo superficial?
Felipe se rio con despreocupación, le restó importancia:
—¡Eso es lo que no entiendes! Cuando vas por una chica, tienes que aprovechar el momento, ¿sí me entiendes? Los detalles inesperados son los que cuentan. Además, confesar tus sentimientos en San Valentín tiene mucho significado.
Al ver la indecisión de Carlos, Felipe bufó desdeñoso:
—Mira, Carlos, te lo digo en serio, con nuestro nivel, ¿para qué andar con rodeos? Tres días es más que suficiente para que ella vea quién eres.
No era solo alarde; en la experiencia de Felipe, su familia y su apariencia siempre le abrían la puerta para conquistar en cuestión de días.
Cerca de ellos, Isaac solo escuchaba en silencio, dejando que Felipe soltara toda su experiencia.
—Hazme caso, Carlos, lánzate. No lo pienses tanto.
Carlos, contagiado por el entusiasmo de Felipe, asintió:
—Bueno, lo intentaré.
—¡Eso es! Tú ve a conquistar a tu diosa, nosotros nos adelantamos. Nos vemos en Río Verde.
Carlos llevaba puesta una camisa de lino azul claro, el cuello abierto, la postura relajada. Su perfil resaltaba bajo la luz, con la mandíbula bien marcada y la nariz recta, como si hubiera salido de una pintura.
Selena lo miró por unos segundos, sintiendo cómo el tiempo parecía detenerse, pero enseguida apartó la mirada.
—¡Listo! —exclamó Katia al dejar la cámara—. ¡Perfecto, presidente Ríos! Tienes un carisma natural, parece que naciste para esto.
Carlos se acercó, dibujando una sonrisa serena:
—Directora Bernal, todo es mérito tuyo.
Sin esfuerzo, se sentó junto a Selena y le ofreció una botella de agua, ya destapada.
—Gracias —murmuró ella. Al tomar la botella, sus dedos rozaron los de Carlos por un instante, sintiendo un calor inesperado. Se apresuró a retirar la mano.
Carlos no dio muestras de haberse dado cuenta. Miró al río, buscando romper el silencio:
—Aquí todo va a otro ritmo, ¿no crees? Se está muy a gusto.
A unos metros, Raúl acomodaba los equipos, pero de vez en cuando lanzaba miradas curiosas hacia Selena.

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