El carro se alejó del consultorio y se sumergió en el tráfico pesado de la ciudad.
Felipe echó un vistazo rápido al espejo retrovisor, observando al hombre sentado a su lado.
Hace apenas unos minutos, en el consultorio, Felipe estuvo a nada de soltarle un puñetazo.
¿“Ella siempre está cerca de mí”? ¿Qué clase de disparate era ese? Eso no era más que una ilusión, una enfermedad. Si seguía así, iba a terminar perdiéndose por completo.
El carro dio vuelta en una esquina cuando, de repente, Isaac abrió los ojos y dirigió la mirada al paisaje que corría veloz tras la ventana.
—Vamos al Orfanato Nuevos Horizontes.
El chofer, sorprendido, pisó el freno y buscó a Felipe en el espejo.
Felipe no dijo nada. Solo agitó la mano, exhausto, dándole a entender que obedeciera.
El orfanato ya tenía sus años. La pared de ladrillo rojo estaba cubierta de enredaderas, y el tobogán en el patio de juegos tenía la pintura descascarada.
Felipe ya había acompañado a Isaac varias veces.
Cada vez, Isaac vagaba por el orfanato como si fuera un alma en pena.
El carro se detuvo frente a la entrada.
Isaac abrió la puerta y bajó.
Felipe lo siguió desde cierta distancia, encendió un cigarro y se recargó en la puerta del carro, sin intención de entrar.
Los pasos de Isaac eran lentos, arrastrando los pies entre el sendero cubierto de hojas secas, que crujían bajo su peso.
Se detuvo frente a un columpio despintado, extendió la mano y rozó con la punta de los dedos la fría cadena de hierro.
Casi podía jurar que aún quedaban atrapadas ahí las risas de una niña, claras como cascabeles.
Después, caminó hasta la ventana de un salón de clases.
El vidrio estaba sucio. Levantó la mano, lo limpió un poco y miró hacia adentro.
El aula estaba vacía, con solo unas cuantas mesas y sillas viejas cubiertas de polvo.
Era como si intentara ver, a través de ese cristal, el pasado lejano: la niña de trenzas sentada junto a la ventana, apoyando la cara en las manos.
Se detuvo bajo una vieja acacia durante mucho rato.
El tronco áspero estaba cubierto de nombres y dibujos garabateados sin orden.
Isaac pasó lentamente los dedos sobre la corteza rugosa del árbol.


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