Felipe marcó de inmediato el número del asistente principal de Isaac.
El resultado fue el mismo: imposible comunicarse.
¡Maldita sea!
Felipe se agarró el cabello con desesperación y comenzó a dar vueltas, caminando de un lado a otro, cada vez más inquieto.
La premiación estaba por terminar; en cuanto la gente empezara a salir, el lugar se volvería un caos. Si por alguna razón… si Selena volvía a desaparecer como hace tres años, ¿dónde iba a encontrar a otra Selena para entregársela a Isaac?
Volvió a desbloquear la pantalla de su celular. Esta vez, marcó al número de su propio asistente. La llamada entró de inmediato.
—¿Presidente Espinosa?
—¡Pablo! —Felipe soltó las palabras con urgencia, sin dejar espacio a dudas—. ¡Ven ya! ¡Tráeme dos equipos, los mejores! ¡Al Centro Cultural Río Verde! ¡Muévanse!
El asistente, claramente sorprendido por el tono de Felipe, respondió al instante:
—¡Sí, presidente Espinosa! ¡Salimos de inmediato! ¿Hay algo que debamos preparar?
—El recinto va a llenarse de gente, así que vengan vestidos de civil, repártanse y cubran todas las salidas, sobre todo la de invitados y la del estacionamiento subterráneo. Esto se va a llenar y será un relajo, necesito que no le quiten la vista de encima a una sola persona. Te mando su foto en cuanto terminemos.
—Entendido, presidente Espinosa, déjelo en nuestras manos. No se preocupe, el encargo se cumple.
Felipe colgó. Notó que tenía las manos empapadas en sudor.
Se limpió la frente, clavando los ojos en la salida del recinto con una mezcla de ansiedad y miedo.
Selena… por favor, no vuelvas a escaparte.
Felipe marcó de nuevo el número de Isaac.
Lo único que escuchó fue esa voz robótica, impasible y sin alma, informándole que no se podía comunicar.
—¡Carajo! —murmuró con rabia, girando sobre sí mismo, sintiendo cómo las venas de la sien le palpitaban con fuerza. El sudor ya había empapado su camisa por la espalda.
Sin rendirse, buscó el número de su asistente una vez más y volvió a marcar.
Esta vez, apenas pasaron dos segundos antes de que contestaran.
—¿Presidente Espinosa? —la voz llegó acompañada de un fondo ruidoso, como si estuviera en un aeropuerto, entre anuncios y murmullos.
—¡Pásame a Isaac! —Felipe rugió, dejando de lado cualquier formalidad.


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