Cerca de las vacaciones de verano, Amara Sosa, quien llevaba cinco años viviendo lejos de su hogar tras haberse casado con Lisandro, recibió una llamada de su madre:
—La salud de tu padre está empeorando cada vez más, no sé si logrará superar este año.
—Ya casi empiezan las vacaciones de verano, ¿crees que tú y Lisandro tengan tiempo para traer a la niña de visita? Tu padre tiene muchas ganas de verlas.
—Pero si Lisandro está ocupado, no te preocupes...
Aunque decía que no se preocupara, Amara notó perfectamente la decepción y la cautela en la voz de su madre.
A decir verdad, en esos cinco años que llevaba viviendo lejos de casa, a excepción del primer año de casada con Lisandro en el que volvió a su ciudad natal, los otros cuatro no había regresado ni una sola vez.
Lisandro Yáñez siempre le decía: hay mucho trabajo, no tenemos tiempo, es complicado.
Amara aceptó entre lágrimas e inmediatamente abrió una aplicación en su teléfono para comprar tres boletos de avión con destino a Río Claro.
Tras comprarlos, dudó un momento antes de llamar a Lisandro.
El teléfono sonó varias veces antes de que contestaran.
La voz del hombre sonaba fría.
—Hola.
—Lisandro, tan temprano, ¿quién es? —se escuchó la voz de una mujer.
Amara apretó el celular con fuerza.
Recordaba que la noche anterior él le había dicho que se quedaría en la oficina.
—No es nada.
Sin dejarla hablar, el hombre colgó de inmediato.
Amara se quedó helada, mirando la pantalla con el rostro pálido.
En realidad, antes de casarse, Lisandro Yáñez la trataba maravillosamente.
Era un amor que había pasado de los uniformes escolares hasta el vestido de novia.
Él la tenía en un pedestal. La palabra infidelidad jamás podría haberse asociado con él.
Fue después, quizá porque perdió su figura tras tener a su hija o por alguna otra razón, que él empezó a mostrarse distante.
El hombre le envió un mensaje: *¿Necesitas algo?*
No le dio ninguna explicación sobre la mujer.
Amara se mordió el labio y soltó una sonrisa amarga. En ese momento, la situación de su padre era crítica, no podía darse el lujo de hacer un escándalo:
*Mi papá está enfermo, es bastante grave. Hannita está a punto de salir de vacaciones, ¿podemos regresar a Río Claro a quedarnos un tiempo?*
Tras enviar el mensaje, el hombre tardó en responder.
No sabía si no lo había visto o si simplemente no le importaba.
Pero si apenas un segundo antes le había enviado un mensaje...
Amara se quedó mirando la pantalla, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.
Sin embargo, en estos dos últimos años ya se había acostumbrado a su frialdad, se había acostumbrado a aguantar en silencio.
Pensando en preguntarle más tarde, intentó reprimir el agudo dolor que sentía en el pecho y subió a buscar a su hija.
Empujó la puerta, dejando apenas una rendija abierta, y desde adentro se escuchó la voz de su hija, Hanna Yáñez.

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