Hanna Yáñez, viendo que su madre le daba la espalda mientras buscaba ropa en el armario, tomó su celular a escondidas y le envió un mensaje a Yara Quintana:
*Tía Yara, me surgió algo y tengo que ir a Río Claro, no podré hacerte compañía. Lo siento mucho, prometo regresar lo más pronto posible e iré a buscarte enseguida. ¡Estos días te estaré enviando mensajes!*
Yara no respondió de inmediato.
Hanna se mordió el labio con ansiedad, temiendo que su tía Yara estuviera decepcionada...
—Hannita, ¿qué te parece este conjunto? —preguntó Amara, mostrándole un vestido.
Hanna frunció el ceño, dejó el celular y le contestó de mal humor.
—Mamá, eres muy pesada. ¿No sabes que ya no me gusta usar vestidos?
Desde que vio a la tía Yara usando ropa elegante, sofisticada y con mucho estilo en una cena de negocios, había dejado de gustarle la ropa de niña pequeña.
En el futuro, ella también quería ser una mujer exitosa como la tía Yara.
No quería ser una ama de casa como su mamá, que solo sabía cocinar, lavar ropa y regañar a la gente...
Amara se quedó callada por un momento.
—Entonces, dime qué te gusta y te compro ropa nueva...
—¡No quiero!
Tenían gustos muy diferentes, ella quería que la tía Yara le eligiera la ropa.
—¡Mamá, sal de aquí!
Hanna saltó de la cama, descalza, y la empujó hacia afuera antes de cerrarle la puerta en la cara. Luego, tomó su celular para seguir mandándole mensajes a Yara:
*¡Tía Yara, te prometo que mañana mismo estoy de regreso!*
Yara Quintana: *Lo siento, Hannita, estaba desayunando y no vi tu mensaje.*
*No estoy enojada, ve a acompañar a tu abuelo, no pasa nada. Yo también iré a Río Claro más adelante, allá nos vemos.*
Hanna se quedó sorprendida: *¿Vas a ir a Río Claro a ver a la bisabuela? ¿Mi papá lo sabe?*
Yara Quintana: *Él lo sabe.*
Hanna se alegró de repente, y recordando algo, le envió otro mensaje.
Afuera de la habitación.
Amara, tras escuchar el fuerte portazo, dio un paso atrás, sintiendo de pronto una indescriptible amargura en el pecho...
Había criado a su hija con sus propias manos, nunca imaginó que llegaría el día en que la rechazaría con tanta impaciencia.
Amara apretó los labios con dolor, pero aun así tocó la puerta para recordarle algo.
—Recuerda que sufres de niveles bajos de azúcar, baja a desayunar en cuanto te cambies.
Nadie respondió...
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