Afortunadamente, el esfuerzo dio sus frutos.
—Entonces, ¿cuándo me pongo en contacto con la gente de la Corporación Sierra Sur?-
—No te apresures, aún no te he dado la mala noticia... Alguien te robó el puesto. Pregunté por ahí, y resulta que fue esa tal Yara Quintana. Fue tu querido señor Yáñez quien le movió los hilos. Vaya, sí que consiente a su prima...
Amara sintió como si le hubiera caído un rayo...
El hombre continuó hablando:
—Revisé el currículum de Yara, la verdad es que es muy buena. Tiene un doctorado en arquitectura de una de las mejores universidades del extranjero, y apenas tiene veinticinco años.
¡Se podría decir que era excepcional!
Pero por muy excepcional que fuera, eso no le daba derecho a robarle la oportunidad a otra persona.
Además, él estaba seguro de que, por mucho talento que tuviera esa chica, no le llegaba ni a los talones a Amara.
Ella era un verdadero genio. Cuando aún estudiaba la licenciatura, el Académico Herrera, toda una eminencia en el campo, casi se pelea por tenerla como aprendiz.
Lástima que no hizo el posgrado, ya que se casó y tuvo una hija apenas terminó la universidad.
Amara lo escuchaba aturdida. De pronto, recordó algo y esbozó una sonrisa amarga mientras un destello de furia fría cruzaba por sus ojos.
—Ami... —la llamó el hombre con tono de preocupación.
La gente de afuera no lo sabía, pero él, que la conocía desde hacía años, estaba al tanto de los conflictos entre ella y la familia de Yara Quintana.
Y saber que el hombre que había ayudado a Yara era su propio esposo, era como echarle sal a la herida.
—No te preocupes, nos vamos a divorciar pronto —dijo ella.
—¿Ah?
Amara se secó una lágrima de la comisura de los ojos y continuó:
—Te cuento los detalles luego en persona. Mi papá está enfermo, tengo que salir para Río Claro en un rato.
Al escuchar eso, el hombre no hizo más preguntas, solo le recordó que lo contactara si necesitaba algo.
Amara asintió, sintiendo el corazón un poquito más cálido, pero a la vez no pudo evitar pensar en la ironía: un amigo mostraba más preocupación por ella que el hombre al que tanto había amado, e incluso más que su propia hija consentida...
Qué irónico.
Colgó el teléfono.
Amara tomó su maleta y se fue directamente.
En la planta baja, Juana, la empleada, se acercó preocupada al verla a punto de irse.
—Señora, ¿a dónde va...?
Amara se detuvo y dijo con voz serena:
—Me voy a Río Claro por unos días. Te encargo que cuides a Hannita, por favor. En cuanto a Lisandro, cuando regrese, dile que me devuelva la llamada.
Tenía que hablar con él sobre el trámite del acta de divorcio.


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