La mente de Amara se quedó en blanco. Tras un largo momento, logró mover los dedos con dificultad y abrió el documento para leerlo.
En la última página del acta de divorcio, el hombre ya había firmado; solo faltaba su firma.-
Era evidente que lo había preparado desde hacía mucho tiempo.
Le había dejado una buena parte de los bienes. Su única exigencia era quedarse con la custodia de su hija.
Así que ya se había hartado de ella, quería divorciarse para... ¿casarse con Yara Quintana?
Pero, ¿acaso no sabía que Yara era su prima? ¿No sabía sobre los rencores del pasado entre la familia de Yara y la suya?
¿Acaso no se daba cuenta de lo cruel y humillante que era esto para ella, su esposa?
Por lo visto, sí lo sabía. Tal vez desde el segundo año de matrimonio, cuando se cansó de ella y se enamoró de Yara, ya lo tenía todo fríamente calculado.
Amara sintió como si le hubieran echado un balde de agua fría; sentía frío en el cuerpo, pero su corazón estaba aún más helado.
En realidad, si aquel hombre no la hubiera abandonado en el pasado, yéndose al ejército sin decir una palabra y luego juntándose con alguien más...
Y si Lisandro no hubiera aparecido justo en esa etapa, cortejándola con tanta intensidad, dándole calor y sacándola de la oscuridad, ella jamás habría sentido que tenía que casarse con él a toda costa.
De pronto, el celular volvió a vibrar en su bolsillo.
Era un mensaje de Lisandro Yáñez:
*Surgió un imprevisto, no voy a ir a casa.*
Su tono era frío, dejaba en claro que ni ella ni sus padres le importaban lo más mínimo.
Era lógico. Si ya había firmado los papeles del divorcio, ¿cómo le iba a importar?
Esbozando una sonrisa cargada de ironía y haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar, Amara agarró el documento de divorcio y salió de la habitación.
Después de todo, ella era la madre biológica de Hanna. Si su hija decidía quedarse con ella, lucharía con uñas y dientes contra Lisandro por la custodia, sin importar el costo.
Sin embargo, al salir al comedor, se dio cuenta de que solo estaba la empleada.
—¿Y Hannita? ¿No ha bajado a comer?
Juana estaba recogiendo los cubiertos de la mesa. Al escucharla, dudó un momento antes de responder.
—La niña no desayunó, agarró su mochila y se fue...
¿Se fue?
Amara parpadeó, con el rostro descompuesto. No sabía si era su sexto sentido de mujer o qué, pero estaba segura de que Hanna había ido a buscar a Yara Quintana, y lo más probable era que Lisandro también estuviera con ella...
Sintió un frío mortal en el pecho.
Ese era el hombre que amaba profundamente, el mismo por el que no había dudado en alejarse de sus padres y mudarse lejos.
Esa era la hija a la que había dado a luz arriesgando su propia vida, la misma por la que había renunciado a su futuro profesional para cuidarla, ya que había nacido prematura y frágil.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Arquitecta de mi destino: El imperio que mi exmarido no pudo ver