Benedict presionaba la pantalla del teléfono con una insistencia que mostraba su desesperación mientras caminaba a zancadas hacia el estacionamiento subterráneo de Industrias Campbell. La llamada a Emma caía directamente al buzón por tercera vez consecutiva, un comportamiento que en ella era impensable, especialmente sabiendo que él ya iba en camino para almorzar juntos. El eco de sus zapatos contra el concreto del sótano resonaba con fuerza, alternándose con los latidos desbocados de su corazón. Volvió a marcar, apretando el aparato contra su oreja hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Al cuarto tono, la línea finalmente se abrió, pero el sonido que llegó del otro lado no fue la voz suave de su esposa, sino una respiración entrecortada y llena de pánico que lo hizo detenerse en seco junto a la portezuela de su camioneta blindada.
—¿Emma? Mi vida, ¿estás bien? ¿Por qué demonios no respondías el maldito teléfono? —soltó Benedict, sintiendo que un frío súbito le recorría la columna vertebral mientras abría la puerta del vehículo con un movimiento brusco.
—Señor... señor Campbell, no es la señora Emma, soy Teresa —respondió la sirvienta desde el otro lado, con una voz temblorosa que apenas resultaba audible debido al llanto contenido—. La señora Emma no está en la casa, señor. Tampoco la bebé. Ya busqué por todas las habitaciones, por el jardín trasero, las cocheras, los sótanos, por todos lados... Yo le estaba preparando el agua para su baño en el piso de arriba, bajé por unas toallas limpias y cuando regresé a buscarla para avisarle que todo estaba listo, la habitación de la niña estaba abierta y vacía. El monitor de respiración estaba tirado en el suelo.
Benedict sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies, una furia ciega y helada apoderándose de sus sentidos mientras los cables de la llamada del comandante de la policía sobre la fuga de Noah se conectaban de golpe en su cerebro. Cortó la comunicación sin despedirse y, con los dedos rígidos por el enojo, le habló a Robert directo para contarle lo sucedido. Al escuchar que su nieta y Emma habían desaparecido en el mismo rango de tiempo de la fuga de Noah, sintió que las fuerzas lo abandonaban, pero logró coordinar las acciones básicas de emergencia. Mientras las patrullas de la policía estatal con las torretas encendidas se enfilaban hacia la mansión Campbell para montar el centro de operaciones.
Al llegar a la propiedad, el caos era total. Benedict entró a la sala principal, con el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre, mostrando un nivel de agresividad que hizo que los empleados de servicio se replegaran contra las esquinas de los pasillos. Robert y Catalina ya se encontraban ahí, sentados en el sofá grande; Catalina cubría su rostro con un pañuelo, temblando de forma incontrolable, mientras Robert intentaba mantenerse entero a pesar de la palidez extrema de sus facciones. Benedict avanzó directamente hacia el cuarto de monitoreo de seguridad, donde el jefe de escoltas y dos oficiales de la policía técnica intentaban arrancar el sistema informático sin éxito.
—Quiero ver las grabaciones de la última hora ahora mismo. Quiero ver qué maldito auto entró por el callejón posterior o quién demonios los ayudó desde adentro —exigió Benedict, golpeando la mesa de control con el puño, haciendo que las pantallas parpadearan por el impacto.
—No se puede, señor Campbell —explicó el técnico de la policía, señalando las líneas de código estáticas en los monitores principales—. Alguien con conocimientos avanzados de la red local cortó los cables de fibra óptica principales en el registro de la calle trasera horas antes del ataque, probablemente durante la madrugada. Las cámaras periféricas se quedaron sin señal y los respaldos de energía fueron puenteados para que el sistema de alarma no reportara la caída a la central de policía. Estuvieron trabajando a ciegas desde temprano.
La confirmación del sabotaje elevó la furia de Benedict a un punto destructivo. Salió de la oficina técnica, recorriendo el vestíbulo mientras ordenaba a sus jefes de seguridad privada que movilizaran a cada hombre disponible en la ciudad, que bloquearan las salidas de las autopistas secundarias y que utilizaran todos los recursos financieros de la corporación para rastrear cualquier vehículo sospechoso que se hubiera rentado o robado en las últimas veinticuatro horas. Tenía a todo el mundo buscando a Emma y a su hija, amenazando con despedir o hundir legalmente a cualquiera que mostrara el menor indicio de incompetencia en las siguientes horas.


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