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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 153

Los acordes de las risas infantiles flotaban sobre el césped del jardín principal, mezclándose con la melodía suave que los músicos tocaban cerca del arco de flores decorativas. La tarde comenzaba a caer sobre Los Ángeles, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosáceos que se reflejaban en los grandes ventanales de la mansión. En el centro de la mesa principal se encontraba el gran pastel de cumpleaños, decorado con pequeños detalles en tonos pastel y dos velitas encendidas que parpadeaban bajo la brisa templada. Benedict sostenía a Benett en sus brazos, ayudándola a mantener el equilibrio mientras la pequeña se estiraba entusiasmada para intentar tocar el betún con la yema de sus dedos. Emma se encontraba justo al lado, aplaudiendo con suavidad para animar a la niña a soplar las velas y celebrando cada una de sus pequeñas travesuras con una sonrisa que le iluminaba por completo las facciones del rostro.

Desde la barandilla de la terraza principal, Robert y Catalina contemplaban la escena en silencio, sosteniendo sus respectivas copas de cristal sin probar el contenido. La cercanía entre ellos ya no cargaba la tensión amarga de los años de secretos; se sentía más bien como una tregua madura, ganada a pulso tras haber sobrevivido a las tormentas que casi destruyen a su descendencia. Robert dio un pequeño trago a su bebida, desbiando los ojos de la niña por un segundo para fijarlos en el perfil de la mujer que había amado en silencio durante toda su existencia.

—Quizá suene egoísta con nosotros mismos, Catalina —mencionó Robert con una voz baja y ronca, rompiendo la quietud del balcón mientras acomodaba su mano libre sobre la madera tallada—, pero quizá nuestro destino estaba trazado de esa manera desde el principio. Un amor que en nuestra juventud no pudo ser, lleno de imposiciones y de miedos que nos obligaron a tomar rumbos separados, pero lo suficientemente fuerte para soportar cada año de distancia hasta este preciso día. Porque gracias a que nuestro amor no se cumplió en aquel entonces, Benedict pudo nacer de mi matrimonio, y con el tiempo, tuvo la oportunidad de conocer a Emma. Si hubiéramos cambiado una sola pieza del pasado, ellos dos no estarían hoy celebrando la vida de esa niña.

Catalina soltó un suspiro prolongado, sintiendo el aire fresco de la tarde golpear su rostro, y asintió levemente con la cabeza mientras una pequeña y melancólica sonrisa se dibujaba en sus labios. Miró sus propias manos, desgastadas por los años, antes de volver a clavar la vista en la calidez que se vivía abajo, en el jardín.

—Aquello es completamente cierto, Robert —respondió ella, suavizando la postura de los hombros y permitiéndose una relajación que antes se negaba—. Cada uno había tomado su camino, uno que en su momento no pudimos caminar juntos. Pero mirarlos ahora a ellos nos permite entender que los sacrificios tuvieron un sentido más grande. Este presente nos permite amarnos sin restricciones, sin culpas ni fantasmas del pasado, al mismo tiempo que observamos de cerca ese inmenso amor de Benedict y Emma, que es mucho más libre y fuerte de lo que el nuestro pudo ser en su momento.

Abajo, en la zona de los regalos, el jefe de escoltas se aproximó a Emma cargando un paquete de dimensiones considerables, envuelto en un papel satinado de alta calidad con un sello de cera lacrada en la parte superior. Emma sonrió al reconocer la caligrafía elegante de la etiqueta de envío; era un regalo para Benett de parte de su madre Angélica y del ruso. La vida dentro de la estructura de la mafia era sumamente complicada, llena de protocolos de seguridad extremos y tensiones territoriales que, de momento, les impedían viajar para visitarlos. Sin embargo, esa distancia física no le impidió a Angélica enviar a Benett una enorme casa de muñecas de tres pisos, construida en madera fina y con acabados arquitectónicos réplica de un palacio europeo, junto con otra pieza sumamente ostentosa: una pequeña pulsera de oro macizo con esmeraldas incrustadas, diseñada exclusivamente para la muñeca de la menor.

Emma rompió el sobre adjunto con cuidado, extrayendo una hoja de papel grueso y un par de impresiones fotográficas a color que venían en el interior. En las imágenes se apreciaba el jardín de una residencia y a un niño pequeño que gateaba sobre una alfombra de piel; la criatura tenía el cabello rubio y brillante, idéntico al de Emma, pero los ojos marrones y expresivos eran una copia exacta de los de la propia Angélica.

El pequeño ya caminaba apoyándose en los muebles, se llamaba Pavel, el hermano menor de Emma.

Emma miró las fotos con los ojos empañados por la nostalgia, contenta de saber que su madre estaba feliz y construyendo su propio hogar.

Minutos después, Benedict se acercó por detrás sin hacer ruido, deslizando sus manos grandes alrededor de la cintura redondeada de Emma, atrayéndola contra su pecho con una suavidad extrema para no presionar el vientre de seis meses donde los gemelos descansaban. Inclinó la cabeza para rozar sus labios contra el lóbulo de su oreja, aspirando el aroma de su piel.

—¿Qué piensas, mi vida? —preguntó Benedict con una voz profunda que reverberó directamente en la espalda de Emma, mientras observaba de reojo las fotografías del niño ruso que ella sostenía entre los dedos.

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