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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 154

La dinámica familiar se movía bajo un ritmo totalmente distinto. Benett se encontraba sentada en el centro de la alfombra de la sala principal, completamente concentrada en armar unos bloques de plástico de colores, construyendo una torre inestable bajo la mirada atenta de la niñera. Emma, por su parte, había ido a su habitación en la planta alta para buscar unas prendas limpias para la niña, pero el esfuerzo de subir las escaleras la había dejado sin aire. Su embarazo múltiple había avanzado de forma drástica; había días enteros en los que sentía que la piel de su vientre iba a desgarrarse por la tensión, la zona baja de la espalda le dolía de forma insoportable y esos gemelos se volvían cada vez más inquietos, con patadas coordinadas que le robaban el sueño por las noches.

—¡Ah...! —Emma gimió, apoyando la cabeza contra el muro del pasillo mientras se sostenía la panza con ambas manos, sintiendo una pesadez extrema en las piernas.

—Terminaré pronto, mi vida, solo quédate quieta —dijo la voz grave de Benedict, quien se encontraba arrodillado en el suelo de madera justo frente a ella, había aparecido sin hacer ruido desde el despacho, tenía una de las piernas de Emma apoyada sobre su hombro, sosteniéndole el muslo con una mano firme mientras mantenía su rostro hundido entre las piernas de su esposa, usando su lengua con una destreza húmeda y constante que buscaba aliviar la tensión acumulada de las últimas horas. Minutos antes, Emma se estaba quejando amargamente frente al espejo de que se veía enorme, fea y diferente; se sentía abrumada y frustrada.

Un embarazo múltiple no era algo fácil de sobrellevar psicológicamente para alguien activa como ella. Ya casi no podía moverse sin jadear, detestaba profundamente tener que pedir ayuda para las tareas más básicas como amarrarse los zapatos, se sentía hecha un auténtico desastre estético y tenía una sensibilidad a flor de piel que la hacía llorar por cualquier tontería.

A Benedict, lejos de molestarle, todo eso le volvía loco. Con los años de casado había aprendido a conocerla mucho más a fondo; amaba a la Emma madura, pero también adoraba a la Emma que gritaba, que se enojaba por la posición de las almohadas y que hacía berrinches por todo y por nada debido a las hormonas. Y sobre todo, amaba hundir su rostro entre sus piernas para desestresarla de la manera más efectiva que conocía.

El orgasmo de Emma llegó de golpe, un espasmo violento que la hizo arquear la espalda contra el papel tapiz del pasillo mientras enterraba los dedos en el cabello de su esposo. Benedict se levantó del suelo con ese maldito gesto de victoria y arrogancia que ponía siempre que lograba dominarla físicamente. Luego la tomó por la nuca y la besó con una intensidad posesiva, saboreándose a sí misma en sus labios antes de limpiarle una lágrima perdida de la mejilla.

—No estás enorme, Emma. Para mí estás perfecta, maldita sea, estás cargando a mis dos hijos ahí dentro y nunca te has visto más deseable —dijo Benedict con un tono firme, obligándola a mirarlo a los ojos para que viera la veracidad de sus palabras.

Minutos después de asearse y cambiarse de ropa en el baño principal, ambos bajaron las escaleras tomados de la mano para reunirse con su primogénita. Benedict caminó hacia la sala, se inclinó para cargar a la pequeña Benett y la sentó sobre su hombro mientras la niña soltaba una risita limpia.

—Vamos, amor, papá les comprará todo el helado que quieran esta tarde —anunció Benedict a Benett, mirando a Emma con una complicidad que disipó los últimos rastros de mal humor de la joven.

Se dirigieron a la exclusiva heladería del centro de la ciudad, donde pasaron una hora agradable sentados en la sección privada, disfrutando de un delicioso helado de vainilla y fresas. Sin embargo, justo cuando Benedict pagaba la cuenta, el rostro de Emma se contrajo por un espasmo violento. Se llevó las manos al vientre, encorvándose sobre la mesa mientras un sudor frío le cubría la frente de inmediato.

—Benedict... me duele mucho. No es como las otras veces —le dijo Emma con una voz ahogada por el pánico, apretando la superficie de madera con los dedos rígidos.

Faltaban dos semanas aún para la fecha programada por el equipo médico, pero parecía que el parto de los gemelos se adelantaría esa misma tarde debido a la presión del embarazo múltiple. Benedict, se puso visiblemente nervioso; sus movimientos seguros se volvieron bruscos mientras ayudaba a Emma a ponerse de pie y tomaba a Benett de la mano para sacarlas del establecimiento a toda prisa. Hizo que Emma y Benett subieran al asiento trasero de la camioneta para que estuvieran más cómodas, y Benedict condujo hacia el hospital privado. Eran de las pocas veces que Emma lo veía así de nervioso, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en el camino sin parpadear. En medio de sus dolorosas contracciones, que venían cada vez más seguidas, Emma miraba su reflejo en el espejo y no podía evitar pensar en que amaba cada maldita parte de ese hombre. Amaba la forma en que se fruncía su entrecejo cuando estaba verdaderamente preocupado por los suyos; como aquella vez que Benett enfermó con fiebre muy alta, y Benedict veló su sueño toda la noche sentado junto a la cuna sin cerrar los ojos ni un segundo. O cuando Emma se desmayó en los primeros meses a causa del cansancio del embarazo y él casi destruye la sala de emergencias exigiendo a los mejores especialistas. Ahora, Benedict apretaba el volante con tanta fuerza que la vena lateral de su cuello se marcaba de forma pronunciada bajo la piel. Y aunque su rostro intentaba no reflejar emociones para no abrumarla, Emma lo conocía a la perfección; bien había aprendido a identificar cada una de sus acciones y silencios con el paso de esos pocos años.

Epílogo 1

Epílogo 2

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