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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 152

Tiempo después.

Habían pasado muchos meses desde la muerte de Noah, misma que fue un golpe para todos aunque por diferentes razones. El vacío que dejó la tragedia en la estructura familiar se manifestó en silencios prolongados y en una sutil distancia que cada quien manejó a su manera. Sin embargo, Robert fue quien no pudo evitar la nostalgia. El hombre pasaba largas horas en la biblioteca, contemplando los viejos retratos de la infancia de su hijo y de su nieto. Quizá su actuar no era su culpa directamente, dadas las circunstancias y las manipulaciones del entorno, pero sí se culpó profundamente de no notar las diferencias entre su hijo y su sobrino en el pasado, de haber permitido que el rencor creciera bajo su propio techo sin ponerle un freno a tiempo. Se lamentaba de muchas cosas que como humano y padre no siempre se está atento, cargando con el remordimiento silencioso de quien sabe que el destino pudo haber sido muy distinto si él hubiera mirado con mayor detenimiento.

Aquella mañana la brisa de Los Ángeles era templada, disipando el calor del verano con una frescura perfecta para la celebración que se llevaría a cabo en los jardines de la propiedad. Emma se encontraba subida sobre un pequeño banco de madera, estirando los brazos con cuidado para colocar unos lazos de tul y guirnaldas de colores en el muro de piedra de la terraza principal. Catalina, que caminaba por el pasillo supervisando las mesas del banquete, detuvo sus pasos de golpe al verla en esa posición y arrugó la frente, cruzándose de brazos con un gesto de desaprobación evidente.

—Emma, bájate de ahí inmediatamente. Debiste pedir ayuda a los empleados —la reprendió Catalina, acercándose a toda prisa con la intención de sostenerle la base del banco.

Emma sonrió con ternura ante la preocupación de la mujer y negó con la cabeza, acomodando el último adorno antes de mirar hacia abajo.

—Pierda cuidado, abuela, no caería desde una altura tan baja, lo tengo todo controlado —argumentó Emma, mostrando una calma que buscaba apaciguar los nervios de Catalina.

Se agarró con cuidado del borde de la columna de cantera y bajó un pie tras otro con movimientos lentos y pausados, cuidando el equilibrio de su cuerpo. Llevaba un vestido claro de tela ligera que marcaba de forma evidente su vientre de seis meses de embarazo, el cual ya lucía una bonita forma redondeada.

A unos metros de distancia, sobre el césped perfectamente podado, la pequeña Benett caminaba entusiasmada, sosteniendo una pequeña cesta de mimbre donde recolectaba pequeñas flores silvestres que caían de los arbustos; la niña se movía bajo la atenta y constante vigilancia de la niñera que la familia había contratado finalmente tras los incidentes del pasado. De pronto, el sonido metálico del portón principal abriéndose llamó la atención de todos en el jardín, y la pequeña, al reconocer el ruido del motor, tiró la cesta al suelo y corrió con sus piernas cortas y entusiastas hacia el sendero para recibir a su padre.

Benedict apareció por el pasillo lateral, vistiendo un traje oscuro impecable pero sin la corbata, con el rostro iluminado por una expresión de calidez absoluta que solo su hija lograba arrancarle. Se inclinó a mitad del camino, estirando los brazos para recibir el impacto del cuerpo de la niña, y la elevó en sus brazos con un movimiento fluido, alzándola por encima de su cabeza mientras le sacudía el vestido blanco de encaje que se había ensuciado un poco con el pasto. Era un día sumamente especial; era su cumpleaños número dos, y la mansión estaba completamente dispuesta para festejarla.

—Papá te trajo un obsequio —mencionó Benedict con una sonrisa, acomodándola contra su costado mientras la pequeña aplaudía entusiasmada, balbuceando palabras de alegría.

Benedict metió la mano libre en la bolsa del asiento de su auto y le entregó un pequeño oso de felpa marrón, cosido a mano y de textura sumamente suave. Benett lo abrazó de inmediato contra su pecho, escondiendo la carita en el pelaje del juguete. Emma se acercó a ellos, acomodándose el cabello detrás de la oreja mientras observaba la escena con una mirada llena de afecto.

—Ya le has dado suficientes obsequios esta semana, Benedict, la vas a malacostumbrar de esa manera —dijo Emma, cruzándose de brazos mientras miraba el nuevo juguete de la niña.

Benedict sonrió de forma altiva, enderezando la postura con esa seguridad innata que lo caracterizaba en los negocios y en su vida privada, fijando sus ojos grises en los de su esposa.

—Eso le enseñará a que en el futuro no crea que merece menos de lo que le da su padre —respondió él con un tono rotundo, dejando en claro que para su hija nunca escatimaría en recursos ni en atenciones.

Bajó a Benett al suelo después de besar su mejilla con ternura, permitiendo que la niña corriera de regreso hacia la niñera para mostrarle el oso de peluche. Benedict dio un paso hacia el frente, reduciendo la distancia con Emma, y entonces, con un tono mucho más ronco y bajo, la tomó de la cintura con una firmeza que le erizó la piel.

—También tengo un regalo para ti, Emma. En realidad dos, pero uno no te lo puedo dar frente a la niña —comentó con una mirada cargada de intenciones explícitas que hizo que las mejillas de Emma se tiñeran de un rojo intenso al comprender perfectamente de qué estaba hablando.

—Joder, Benedict, dijiste que tenías que hablar —se quejó Emma, apoyando las manos en los hombros de su esposo para mantener el equilibrio, aunque sus ojos revelaban que no estaba molesta en absoluto.

—Si te llevo a la habitación, la niñera sabrá que te estoy follando. Aunque yo no tengo ningún problema con eso —replicó Benedict con una sonrisa cínica, haciendo un amago físico de volver a cargarla para llevarla hacia la planta alta.

Emma colocó las manos sobre su pecho, deteniéndolo con suavidad mientras su respiración comenzaba a agitarse. En esa casa todos sabían perfectamente que tenían mucho sexo, pues la pasión entre ambos no había disminuido ni un solo ápice con el matrimonio; de no haber sido por el método anticonceptivo que le colocaron en la clínica privada al nacer Benett, se habría embarazado muchísimo antes de lo planeado. Benedict no perdió más tiempo en discusiones; se interpuso entre sus piernas abiertas, le quitó las bragas de encaje con un movimiento rápido y se sentó en la silla giratoria de piel, inclinando la cabeza hacia el frente para recorrerle la intimidad con la lengua de una forma lenta y profunda que le sacó un gemido ahogado a Emma.

Mientras los dedos de Benedict se aferraban a los muslos de su esposa, el vientre de seis meses de Emma se movió de manera sutil, una pequeña patada que se reflejó en la superficie de su piel. Benedict detuvo el contacto por un segundo, levantando la vista para observar la protuberancia antes de acariciarla con la palma de la mano.

—Me encanta que mis hijos me saluden de esa manera, pero ahora papá está un poco ocupado —mencionó Benedict con una voz cargada de posesión antes de regresar a su tarea, provocando que Emma se aferrara a los bordes del escritorio con los dedos rígidos. Emma esperaba gemelos, un doble embarazo que los tenía a ambos sumamente entusiasmados y que había duplicado las dimensiones de su vientre en las últimas semanas.

El estímulo constante terminó por desatar un orgasmo intenso en el cuerpo de Emma, quien arqueó la espalda y mordió su propio labio inferior para no gritar. Benedict aprovechó el momento de vulnerabilidad; la subió de un tirón a su regazo, acomodándola de frente a él mientras se bajaba el pantalón y se hundía en ella con una sola estocada profunda que los hizo jadear al mismo tiempo. Le liberó los pechos del escote del vestido claro, acariciando la piel sensible con las manos y la boca, poseyéndola con un ritmo violento y demandante que hacía crujir las uniones metálicas del mueble de la oficina. Los movimientos se volvieron tan intensos y el peso combinado fue tanto que, de pronto, la base de la silla ejecutiva se rompió con un estallido, haciéndolos caer al suelo alfombrado de manera estrepitosa, aunque Benedict amortiguó el golpe de Emma sosteniéndola por la cintura.

Una de las sirvientas que pasaba por el pasillo exterior escuchó el fuerte ruido del impacto dentro del despacho y, asustada ante la posibilidad de que algo malo le hubiera pasado a Emma dada su condición de embarazo, abrió la puerta sin tocar. Sus ojos se abrieron muy grandes y se quedó completamente congelada al ver la escena en el suelo; Emma se encontraba sobre Benedict con el vestido medio enroscado en la cintura, intentando cubrirse el rostro con las manos por la vergüenza, aunque por fortuna la anatomía robusta de Benedict estaba dentro de ella en ese momento y la figura del empresario tapaba por completo la visión directa, impidiendo que la mujer viera más de la cuenta.

—¡Maldita sea! —se quejó Benedict con fastidio, girando el rostro con una mirada tan dura que hizo que la empleada diera un paso atrás, cerrando la puerta de golpe con las manos temblorosas—. Ahora sí sabrán que no estábamos hablando aquí dentro, Emma.

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