Enzo iba sentado en el asiento trasero mientras su asistente preguntaba con preocupación.
—Señor Mendoza, no pudimos comprar el juego de té. Me temo que su padre no se lo tomará muy bien.
Enzo, que estaba apoyado en la ventanilla mirando distraídamente hacia afuera, esbozó una leve sonrisa al oír a su asistente.
—Si hubiera gastado dos millones en eso, entonces sí que me habría matado.
—¿Ah?
El asistente no entendía nada.
Enzo no se molestó en explicarle.
Bajo la estricta supervisión de la señora Mendoza, si el señor Mendoza gastaba más del valor real de un artículo, en el mejor de los casos, le arrancaría la piel a tiras.
Ya le había buscado otro juego de té al señor Mendoza, uno que seguramente le encantaría.
—Señor Mendoza, creo que nos están siguiendo.
Enzo miró por el retrovisor y vio el carro de lujo que los seguía de cerca.
Su expresión se ensombreció.
—Oríllate y detente.
Estefanía vio que el carro de Enzo se detenía y le ordenó a su chofer que hiciera lo mismo.
Enzo se bajó y se quedó de pie junto al carro. La luz del sol, no muy intensa, se filtraba a través de las ramas de los árboles de la acera, proyectando manchas de luz sobre su rostro.
Su cara, de facciones perfectas, estaba cubierta de una frialdad glacial. Sus pupilas oscuras reflejaban la figura de Estefanía mientras esta se acercaba.
Estefanía carraspeó y le extendió el juego de té.
—Esto es para ti. Vi que no andabas muy bien de dinero, así que lo compré a propósito para regalártelo. No te vayas a emocionar demasiado.
Su tono era arrogante, casi como si le estuviera haciendo un favor.
Enzo la miró con frialdad, apenas conteniendo la ferocidad en sus ojos.
—Si vuelves a seguirme, te mandaré a hacerle compañía a tu hermano.
Escupió las palabras con una voz gélida.
El tono cortante se abrió paso a través de la brisa cálida, golpeando a Estefanía con la fuerza de un martillo.
Se quedó paralizada en el sitio.
Enzo se subió al carro, que arrancó y salió disparado como una flecha.
Los nudillos de Estefanía, que aún sostenía el juego de té, se pusieron blancos, y sus ojos comenzaron a enrojecer.
Después de un largo rato, arrojó con todas sus fuerzas el juego de té de dos millones de pesos al suelo.
—¿Y tú quién te crees que eres?
Simona soltó un quejido y, al bajar la vista, vio cómo la sangre empezaba a brotar de la herida.
Antes de que pudiera reaccionar, Patricia ya estaba frente a ella, plantándole el celular en la cara.
—¿Eres tú o no?
En la pantalla del celular se veía la espalda de Enzo mientras le soplaba el ojo. Desde ese ángulo, parecía que se estaban besando.
Las únicas que estaban en la entrada de la casa de subastas eran Estefanía y Anabel.
Era obvio quién le había enviado esa foto a Patricia.
—Sí, soy yo. Pero mi amigo solo me estaba soplando el ojo porque se me metió algo.
—¡Cualquiera!
Patricia le soltó una bofetada.
Simona no pudo esquivarla y el golpe le dio de lleno.
Por un instante, vio estrellas y sintió un dolor agudo en la mejilla.
—Te pido el divorcio y no quieres, ¡y ahora le pones los cuernos a mi hijo! ¿Qué te crees que es mi hijo? ¿Qué te crees que es la familia Gracia? ¡Hoy te voy a dar una lección que no vas a olvidar!
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