A una señal de Patricia, las empleadas que estaban cerca se acercaron a Simona.
—¡Sáquenla y que se arrodille afuera! ¡Y que no entre en toda la noche!
Dos empleadas corpulentas estaban a punto de agarrar a Simona, pero ella sacó un espray de pimienta de su bolso y se los roció en la cara.
—¡Ah!
Dos gritos agudos resonaron en la sala. Las empleadas, cubriéndose los ojos, retrocedieron y cayeron al suelo.
Patricia no esperaba que Simona se defendiera, y la rabia le subió a la cabeza.
—Simona, ¿encima te atreves a resistirte?
—No hice nada malo, ¿por qué me castigas?
Antes, por respeto a que era la madre de Ulises, Simona siempre había cedido. Incluso cuando la insultaba hasta el cansancio, lo dejaba pasar por consideración a él.
Pero ya no iba a ser tan tonta.
—¡Y todavía te atreves a negarlo!
La voz de Patricia era estridente. Levantó la mano, dispuesta a pegarle de nuevo.
—¡Ya basta! —intervino finalmente Leonel.
Solo entonces Patricia detuvo su mano, aunque siguió fulminando a Simona con la mirada.
Leonel tosió un par de veces, con el rostro enrojecido por el esfuerzo.
En los últimos dos días, su enfermedad había empeorado, y sentía claramente cómo su cuerpo se debilitaba día con día.
Había muchas cosas que tenía que resolver antes de que fuera tarde.
Cuando terminó de toser, el mayordomo lo ayudó a acercarse a Simona.
—Sea como sea, este es un asunto entre marido y mujer. ¿Tú por qué te metes?
Leonel regañó a Patricia, quien no parecía muy conforme.
Pero una sola mirada de Leonel bastó para que Patricia cerrara la boca.
—Simona, el abuelo confía en ti.
Leonel la miró con la misma ternura y afecto de siempre.
Lástima que Simona ya no se dejaría engañar por su apariencia amable.
Ulises entró y se encontró con esa imagen, y su corazón dio un vuelco.
Haciendo cuentas, llevaba mucho tiempo sin tener intimidad con Simona.
Al ver entrar a Ulises y Álvaro, Simona frunció el ceño.
—¿No había cerrado la puerta con llave?
—Mamá, tocamos y como no respondiste, abrimos con la llave de repuesto.
Simona notó el deseo en los ojos de Ulises y sintió una oleada de asco.
Agarró una manta que estaba cerca, se cubrió con ella y los miró con recelo.
—Fuera —ordenó sin la menor cortesía.
Álvaro levantó la vista hacia Ulises y, tras pensarlo un momento, le dijo a Simona:
—Mamá, es que papá tiene algo que decirte.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada