Cuando Ulises llegó a su oficina y vio a Anabel, sintió una irritación que no pudo reprimir.
—Ulises.
—Vienes por lo del Grupo Merino, ¿verdad?
Anabel lo siguió hasta el escritorio y negó con la cabeza.
—Mi papá me pidió que viniera a suplicarte, pero sé que una vez que tomas una decisión, no la cambias. Así que solo vine para cumplir.
Al escuchar las palabras de Anabel, Ulises sintió un gran alivio.
Su aprecio por ella aumentó considerablemente.
—Ulises, en un par de días es el aniversario de la escuela de Álvaro y él quiere que yo vaya. ¿Qué te parece?
En otras circunstancias, a Ulises no le habría importado algo así.
Pero al recordar el estado de Simona, pensó que ella no estaba en condiciones de asistir a un evento como ese.
Asintió.
—Está bien. Álvaro es muy apegado a ti. Gracias por el esfuerzo.
—¿Qué esfuerzo? A mí también me encanta Álvaro.
Anabel observó a Ulises mientras trabajaba concentrado y pensó que, en poco tiempo, él se convertiría en su esposo. La idea la hizo fantasear.
«¿Y qué si Simona ahora es la hija de los Mendoza?».
«Puedo arrebatarle todo lo que tiene, ¡y de paso echarla a la calle!».
***
Por una sinuosa carretera de montaña, un Panamera subía a toda velocidad.
Al final del camino, en la ladera de la montaña, se alzaba una enorme finca.
Era una construcción de estilo europeo antiguo, rodeada de un paisaje natural encantador, con blancas mansiones que parecían castillos.
Enzo entró en la finca con el carro y avanzó por un camino que parecía de jade hasta detenerse en el garaje.
Renato Mendoza estaba regando las flores en el jardín. Al oír el motor, dejó la regadera y entró directamente a la casa principal.
Apenas Enzo cruzó la puerta, Renato lo abordó con una queja.
A Renato de verdad le gustaba ese juego de té.
Verlo escapar de sus manos lo frustró, así que se desquitó mirando con resentimiento a su hijo.
Enzo le entregó un juego de té que traía en la mano.
—Para compensarte.
Renato tomó la caja que Enzo le ofrecía y, al abrirla, descubrió un juego de té hecho completamente de jade blanco.
¡Era incluso mejor que el que había querido!
Sus ojos se iluminaron y su tono cambió al instante.
—La verdad es que aquel juego de té tampoco me gustaba tanto. Mi hijo sí que tiene buen ojo.
Renato era un amante del té. En cuanto tuvo el juego en sus manos, fue a buscar las mejores hojas para prepararlo.
Enzo se dejó caer en el sofá. Carmen lo miró.
—Ami ya se fue.

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