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¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada romance Capítulo 154

Enzo Mendoza le estaba diciendo algo a un mesero.

Ese día llevaba un traje gris impecablemente cortado, de un color más sobrio y oscuro que su cabello plateado. El diseño era sencillo y pulcro.

Pocos hombres podían lucir un traje de ese color, pero a Enzo le quedaba espectacular.

Desde donde estaba Simona, solo podía ver su perfil.

Sus facciones eran definidas y fluidas, casi esculturales. A pesar de ser hombre, su piel era bastante clara, y su cabello plateado caía elegantemente sobre su frente. Sus ojos almendrados, tan brillantes como estrellas, ahora mostraban un destello de severidad.

—¿Lo conoces?

Chiara siguió la mirada de Simona justo cuando Enzo se giraba y las veía.

A Chiara le pareció que el hombre le resultaba muy familiar.

Estaba segura de haberlo visto en alguna parte.

—Sí, lo conozco.

Simona tomó a Chiara de la mano y se acercó a Enzo.

—Qué coincidencia, ¿viniste a comer?

La mirada de Enzo se posó en los brazos entrelazados de Chiara y Simona, y sus ojos se oscurecieron.

—Vine a resolver un asunto.

La mirada de Enzo pasó por encima de la cabeza de Simona y vio a Ulises y Anabel saliendo del restaurante. La frialdad en sus ojos se intensificó.

—Señorita Rivera, el señor Mendoza quiere verla mañana. ¿Tiene tiempo?

A Simona le resultó un poco extraño que Enzo la llamara «señorita Rivera» de repente.

Pero el «señor Mendoza» al que se refería debía ser el de la familia Mendoza.

Lo pensó un momento y asintió.

Al oír a Enzo mencionar al «señor Mendoza», Ulises se acercó de inmediato.

—¿El señor Mendoza? —Ulises miró a Simona—. Entonces mañana te acompañaré.

Antes de que Simona pudiera responder, Enzo soltó una risa fría y se dirigió a Ulises.

—El señor Mendoza no dijo que quisiera verlo a usted. Si tanto desea una reunión, vaya y solicite una cita.

Era un rostro que había visto durante ocho años, pero que en ese momento parecía cubierto por una fina niebla que lo hacía irreal.

Ulises sabía perfectamente si esa prueba de paternidad era real o no.

¿Tan seguro estaba de que la familia Mendoza no lo descubriría?

—Esta noche, cuando llegues a casa, te hablaré sobre la familia Mendoza.

Simona respondió con un escueto «ajá» y, tomando a Chiara del brazo, se fue.

Enzo subió al segundo piso del restaurante y se sentó en una mesa junto a la ventana.

La señora Aguilera ya estaba allí, leyendo una revista.

—¿Para qué me citaste?

Enzo echó un vistazo casual a la revista; no era una de las que ofrecía el restaurante, sino un catálogo de joyas.

—¡Por fin llegaste! —dijo la señora Aguilera. Al ver a Enzo, guardó apresuradamente el catálogo y tomó su bolso, como si tuviera mucha prisa—. Te organicé una reunión con Ami. Ustedes, como hermanos, tienen que aclarar las cosas. Pase lo que pase, no dejen que se dañe su relación. Yo tengo que ir a ver a mi profesor, se me hace tarde.

***

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