No se imaginaba que Simona, quien siempre había sido tan dócil, pudiera salirse de su control de esa manera.
—¡Simona! ¡¿Esa es forma de hablarle a tu madre?!
La voz de Esteban Rivera resonó desde la entrada. Se acercó con el rostro sombrío, la sujetó de la muñeca y la arrastró hacia la sala.
Simona intentó zafarse con todas sus fuerzas, pero no pudo liberarse.
—¡Suéltame!
—¡Arrodíllate y discúlpate con Ulises! ¡Dile que el divorcio no cuenta!
Esteban la llevó frente a Ulises y la empujó. Simona trastabilló, a punto de caer.
Al verla a punto de caer, la mano de Ulises tembló y, por instinto, quiso sujetarla.
Pero se contuvo.
Simona logró recuperar el equilibrio y, al bajar la mirada, se encontró con los ojos fríos de Ulises.
Su voz sonó firme.
—¡Este divorcio es definitivo!
Al oír sus palabras, el rostro de Ulises, que se había suavizado por un momento, se ensombreció al instante.
—¡Como quieras! —escupió con rabia.
Pero antes de que Ulises pudiera decir algo más hiriente, Esteban le dio una patada a Simona en la corva.
Simona soltó un quejido de dolor y cayó de rodillas bruscamente frente a Ulises. El golpe de sus rodillas contra el suelo fue tan fuerte que un sudor frío le perló la frente.
—¡Simona! ¡Sigues siendo hija de la familia Rivera, así que si te divorcias o no, no es algo que decidas tú sola! ¡Discúlpate con Ulises ahora mismo! —la voz de Esteban era cortante, descargando toda su furia sobre ella.
Anabel se acercó a levantar a Simona y miró a Esteban con desaprobación.
—¡Hermano! ¿Qué estás haciendo? Aunque Simona se haya equivocado, ¡no deberías pegarle!
—Anabel, ¿y todavía la defiendes? ¡Nos ha dejado en ridículo a todos!
Anabel no tenía ninguna intención de defender a Simona; simplemente, con el divorcio a la vuelta de la esquina, no podía permitir que los Rivera se convirtieran en un obstáculo, por eso detuvo a Esteban.
Simona se zafó de la mano de Anabel y se levantó a duras penas, sujetándose la rodilla.
Ulises apartó la mirada de la puerta y respondió con voz fría:
—¿Acaso no conoces el carácter de tu hija? Es demasiado ambiciosa y codicia la riqueza de la familia Gracia. Es imposible que de verdad quiera divorciarse de mí.
«Solo está haciendo un berrinche», pensó.
Ulises parecía muy seguro de sí mismo, pero Anabel, a un lado, casi se arrancaba la piel del dorso de la mano de la ansiedad.
«¿Por qué? ¿Por qué a estas alturas Ulises todavía parece tener esperanzas en su matrimonio con Simona?».
¡Parece que era hora de aplicar una medida más drástica!
Al escuchar las palabras de Ulises, los Rivera se tranquilizaron un poco.
A ellos no les importaba si el matrimonio de Simona era feliz o no.
Solo sabían que si Simona y Ulises se divorciaban de verdad, se acabarían los beneficios que la familia Rivera obtenía de la familia Gracia.
Y solo por eso, no se podía decir que haberla criado había sido en vano.

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