Se aplicó un maquillaje ligero y salió de casa.
Llegó al lugar de la fiesta, el Salón Galiano, a la hora acordada.
Justo al salir del ascensor, vio a un grupo de personas reunidas alrededor de un reservado, charlando animadamente.
Román, que acababa de pedir unas bebidas al mesero, se acercó. Al ver a Simona, la examinó de arriba abajo con una pizca de burla en los ojos, pero aun así se acercó a saludarla con una sonrisa.
—¡Simona! ¡Por fin llegaste, solo te estábamos esperando a ti!
El fuerte grito de Román atrajo la atención de todos.
La multitud se dispersó y Simona pudo ver quién estaba sentado en el reservado.
Anabel.
Simona frunció el ceño.
¿Qué hacía Anabel aquí?
Anabel no había ido a la misma escuela que ella. ¿Cómo era que sus compañeros de preparatoria se juntaban con ella?
Simona siguió a Román.
Anabel se levantó. Su vestido azul con incrustaciones de diamantes de imitación brillaba con cada movimiento, como una sirena recién salida del agua.
—Hermana, ya llegaste.
Sonreía dulcemente, pero su sonrisa contenía esa familiar suficiencia que Simona conocía tan bien.
Claro, Anabel siempre se había esforzado por arrebatarle todo.
Sus padres, su hermano, su amor e incluso sus compañeros de preparatoria.
—Hermana, ¿qué es eso que traes puesto? Aunque te hayas divorciado, sigues siendo una señorita de la familia Rivera. ¿Cómo es que no puedes permitirte ni un vestido decente? —dijo Anabel, mirando a Simona con desdén.
La gente a su alrededor miró a Simona y luego a Anabel, y no pudieron evitar dirigirle a Simona una mirada de desprecio.
—¿Qué señorita de la familia Rivera? Cuando encontraron a Anabel, se descubrió la verdadera identidad de Simona. ¿Qué derecho tiene una impostora a vestir tan bien?
—Exacto, una impostora siempre será una impostora, eso no cambia.
Se giró hacia los demás y dijo:
—Mi hermana ha venido por fin a una reunión. ¡Hoy no nos vamos hasta caer rendidos!
—¡Hasta caer rendidos!
—¡Hasta caer rendidos!
—…
La gente, como si les hubieran inyectado adrenalina, se arremolinó alrededor de una larga mesa.
Anabel sujetaba a Simona con fuerza, sus afiladas uñas clavándose en su piel.
Simona intentó zafarse, pero no pudo.
Anabel le susurró al oído con voz gélida:
—Hermana, te tengo un regalo. ¡Espero que disfrutes mucho esta noche!

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