Hacían ya dos semanas que Simona se había marchado de la mansión de los Gracia.
En todo ese tiempo, no había contactado a nadie de la familia, y el día que se fue, borró cualquier rastro de su presencia.
Esa tarde, cuando Álvaro volvió a casa de la escuela, se sintió extrañamente desorientado.
Era como si llevara una eternidad sin ver a Simona.
Cuando una empleada le preguntó si tenía hambre, respondió casi por instinto:
—Prepárenme un caldo nutritivo.
Recordaba que una vez, cuando Simona preparó ese caldo, él le había pedido a la cocinera que aprendiera a hacerlo.
La empleada se retiró a cumplir la orden.
Acto seguido, Álvaro se puso a rebuscar en la alacena.
En la sala había un gran armario pegado a la pared, lleno de botanas especialmente para él.
Antes, Simona solía hornear galletas y otros bocadillos caseros y los guardaba ahí para cuando él tuviera antojo.
Pero desde que Simona y Ulises empezaron con los problemas del divorcio, la alacena no se había vuelto a surtir con nada nuevo.
Ese día, en la escuela, un compañero le había pedido de esas galletitas que hacía Simona, y él le prometió que le llevaría al día siguiente.
Pero en la alacena ya no quedaba ni una.
Corrió furioso a la cocina.
—¡Yo también quiero galletitas! ¡Prepárenlas, mañana las tengo que llevar a la escuela para mis amigos!
La empleada se sobresaltó al verlo entrar así de repente.
Al oír su petición, asintió.
—Claro que sí, joven amo.
Álvaro, de mejor humor, volvió a la sala, se sentó y, balanceando las piernas, se puso a comer unas papas fritas que había sacado de la alacena.
Eran de esas frituras que Simona siempre le decía que no comiera tanto.
Le molestaba que lo controlara. Anabel era mucho mejor; a ella no le importaba lo que comiera o con qué jugara. Si Anabel fuera su mamá, sería mucho más libre.
Al pensar en eso, la irritación que sentía en el pecho empezó a disiparse.

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