Enzo Mendoza asintió. Recordó las imágenes de la vigilancia, donde Ulises y Anabel acorralaban a Simona. Su ira se encendió aún más.
—Prepara todo. El próximo mes empezamos la adquisición del Grupo Rivera.
El asistente asintió, tomó el documento firmado por Enzo y salió de la oficina.
El celular de Enzo vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
[Enzo, ¿de verdad no quieres que nos veamos?]
Enzo apagó la pantalla con una expresión impasible, la frialdad en sus ojos intensificándose.
Parecía que tendría que resolver todos esos malditos problemas más rápido de lo que pensaba.
***
Simona había comprado demasiada fruta al volver a casa, así que pensó en darle un poco a Enzo.
Le envió un mensaje preguntándole si ya había regresado.
Enzo le devolvió la llamada.
—Llegaré a casa sobre las ocho. ¿Pasó algo?
—No, nada —respondió Simona, riendo—. Solo que compré algo de fruta y quería darte un poco.
Enzo sintió una alegría que lo tomó por sorpresa.
—Cuando llegues, pasa por mi casa a recogerla —continuó Simona—. Si no has cenado, puedo prepararte algo.
—De acuerdo.
Tras colgar, Enzo aceleró el ritmo de la reunión. La junta, que debía terminar a las seis y media, concluyó a las seis en punto. Al terminar, le delegó todo el trabajo pendiente a su asistente, quien se lamentó en voz alta.
—A fin de mes, tu bono se duplica —dijo Enzo con indiferencia.
El asistente cerró la boca de inmediato y prometió servirle hasta la muerte.
Justo cuando Simona llegaba a su residencial, vio a Ulises esperando en la entrada. Al verla regresar, se acercó a grandes zancadas con el rostro ensombrecido.
—Ven conmigo.

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