La persona en la puerta era, sin lugar a dudas, Anabel.
Vestía un cómodo pijama y no llevaba ni una gota de maquillaje; ya actuaba como la dueña de la casa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Simona, frunciendo el ceño.
Anabel sostenía un vaso de leche. Miró a Simona con una sonrisa.
—Vine a traerte algo de comer. Ulises es un caso, se fue a la empresa temprano sin siquiera pensar en traerte algo. ¿Y si te mueres de hambre?
Le ofreció la leche a Simona, quien no la aceptó y se limitó a mirarla con frialdad.
Anabel, como si acabara de darse cuenta, retiró la mano con una exclamación de sorpresa.
—¡Ay, lo olvidé! ¡Hermana, eres alérgica a la leche! Pero ya no queda nada de comida en la cocina, solo este vaso. Parece que tendrás que pasar hambre.
Soltó una risita y le arrojó el contenido del vaso a Simona.
Aturdida, Simona no reaccionó a tiempo y quedó empapada. El vaso se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos. Un fragmento de vidrio le rozó la pantorrilla, y la sangre brotó de inmediato.
Simona se agachó, reprimiendo un gemido de dolor mientras se cubría la herida.
Un olor dulzón y penetrante le llegó a la nariz.
¿Era… olor a miel?
Anabel se acercó a Simona y se apartó el cabello con un gesto casual, dejando al descubierto las marcas rojizas en su cuello. Eran marcas de besos.

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