Simona y Enzo acababan de sentarse y aún no habían pedido. Se sorprendieron al ver a la persona que apareció de repente en la puerta.
—¿Hermano? ¿Señor Galán? ¿Qué hacen…?
Damián se acercó a ellos. Su mirada gélida recorrió a Enzo antes de posarse con suavidad en Simona.
—Hermanita, ya he terminado mi reunión con el señor Galán. ¿Les importa si compartimos la mesa?
—¿Eh? —Simona miró a Enzo, indecisa. Era ella quien lo había invitado a cenar, así que quería saber si a él le importaba.
Enzo miró a Martín, que venía detrás de Damián. Martín se encogió de hombros, como diciendo que él tampoco entendía nada.
—No me importa —dijo Enzo con una sonrisa.
Solo entonces Simona invitó a Damián y a Martín a sentarse.
Enzo se sentó a su lado.
El mesero trajo el menú. Simona se lo ofreció a Enzo y a Martín.
Damián se sintió muy complacido. Parecía que su hermanita todavía lo consideraba de la familia al dejar que los invitados pidieran primero.
Enzo le devolvió el menú a Simona.
—Nunca he comido aquí. Pide lo que a ti te guste, yo como de todo.
Al oírlo, Martín se atragantó con su propia saliva. ¿El dueño del lugar nunca había comido allí?
—Señor Galán, ¿está bien? —preguntó Simona, preocupada.
—Estoy bien —dijo Martín, agitando la mano—. Es que tenía sed y me atraganté. Con un poco de agua se me pasará.
Enzo lo miró con frialdad, una pizca de desdén en sus ojos.
Simona no le prestó más atención a Martín. Tomó el menú que Enzo le había dado, pidió los platos que le parecieron más apetitosos y luego se lo pasó a su hermano.

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