Le sirvió a Simona un tazón de sopa de pollo y lo colocó frente a ella.
—Hermanita, ya terminamos nuestros asuntos en San Luis. Despídete bien de tus amigos de aquí, porque a partir de mañana vendremos muy rara vez.
Dijo aquello con la clara intención de que Enzo lo escuchara.
Simona era ahora la princesita de la familia Palacios, no una chica con la que él pudiera intimar así como así.
Martín, que estaba sentado a un lado disfrutando del drama, finalmente no pudo evitar mirar a Simona.
—¿De verdad eres la hija menor de la familia Palacios que llevaba tantos años desaparecida?
Simona asintió.
Martín continuó:
—¿Y mañana mismo te vas de San Luis?
Simona volvió a asentir.
Martín dejó los cubiertos sobre la mesa y miró a Simona con una expresión ligeramente dolida.
—Señorita Rivera, nos conocemos desde hace tiempo, ¿no se supone que somos amigos? ¿Cómo es que te vas sin siquiera decírmelo?
—Es que todavía no había tenido la oportunidad.
Martín señaló entonces a Enzo.
—¿Entonces te trajiste a Enzo a una cena de despedida?
—¿Qué cena de despedida? No es como que no nos vayamos a ver nunca más. —Simona frunció el ceño al mirar a Martín.
Martín, consciente de que había metido la pata y al ver el rostro de Enzo, oscuro como la tinta, se dio una palmada en la boca.
—Bueno, bueno, fue mi error.
Soltó un ligero suspiro y miró a Simona en tono de broma.
—Yo que estaba esperando a que te unieras a la empresa para convertirte en nuestra diseñadora jefa, y resulta que te vas. ¿Qué se supone que vamos a hacer Enzo y yo?
Las palabras de Martín parecieron evocar el ambiente de despedida que hasta entonces habían ignorado.
Simona le sonrió a Martín.
—Seguiré colaborando con su empresa en el futuro. Cuando abra mi propio estudio, voy a necesitar de la protección del señor Galán.
—Eso dalo por hecho. —Martín miró a Enzo y enarcó una ceja—. Lo que me preocupa es que algunos no van a poder pegar el ojo en toda la noche.

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