Simona no fue al taller.
Al llegar a casa, avisó brevemente a sus hermanos y se encerró en su cuarto de diseño.
Durante todo el camino, no había dejado de pensar en Enzo.
Por un lado, estaba enojada porque le había mentido. Desde el principio, Enzo había estado actuando frente a ella. Incluso cuando Leonel inventó que era la hija de los Mendoza, Enzo, que sabía toda la verdad, no le dijo nada.
Se sentía como una tonta. Ella se había mostrado tal como era, sin secretos, mientras que él era como una muñeca rusa, ocultando su verdadera identidad.
Pero, por otro lado, Enzo había sido quien más la había ayudado en todo este tiempo.
No tenía ni el derecho ni la razón para estar enojada con él.
Esa contradicción le revolvía el corazón, y no sabía cómo enfrentarlo.
El celular no dejaba de vibrar. Eran mensajes y llamadas de Enzo.
No los miró ni respondió.
Después de casi una hora sentada frente a su mesa de dibujo, cuando el celular por fin se quedó en silencio, pareció volver en sí y lo desbloqueó.
Los mensajes de Enzo no eran las largas explicaciones que imaginaba. Simplemente le preguntaba si podían verse para hablar.
Simona le respondió.
[Ando un poco ocupada estos días. Hablamos cuando tenga tiempo.]
El indicador de que estaba escribiendo apareció...
Dos minutos después, llegó su respuesta.
[Mañana te espero en el taller. Si no vienes, voy a hacer un desastre.]
¡Una amenaza!
¡Una amenaza en toda regla!
Simona arrojó el celular a un lado y se cruzó de brazos, enfurruñada. ¿Cómo podía ser tan descarado, mentirle y encima actuar con esa arrogancia?
Alguien llamó a la puerta.

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