Las palabras de Simona dejaron a Álvaro pálido y sin aliento.
Observó la espalda de su madre mientras se alejaba, sintiéndose completamente paralizado, como si sus pies estuvieran clavados al suelo.
«Así que lo sabía».
Sabía que él había dado un falso testimonio en el accidente de auto. Sabía de todo el daño que él y su padre le habían causado una y otra vez.
En ese instante, la sangre pareció congelarse en las venas de Álvaro y su mente quedó en blanco.
Anabel lo llamó un par de veces, pero él no la oyó.
No fue hasta que ella le dio unas palmaditas en la mejilla que reaccionó.
—¿Qué pasa, Anabel?
Anabel frunció el ceño.
—¿Por qué me llamas Anabel? Ahora soy tu mamá.
—Ma... má...
Las palabras se atoraron en su garganta y salieron con dificultad.
Era extraño. Antes, no deseaba otra cosa que Anabel se convirtiera en su madre.
Pero ahora que realmente lo era, no se sentía tan feliz.
Si no hubiera insistido en venir a la cena de gala, lo habrían dejado solo en el hotel.
Pero ahora que estaba aquí, al ver la absoluta extrañeza en los ojos de su verdadera madre, sintió miedo y se arrepintió de haber venido.
—Por cierto, lo que hiciste hace un momento estuvo muy bien. Como recompensa, ¿qué te parece si mamá te da un postre?
Al oír la palabra «postre», Álvaro sintió un dolor punzante en una muela.
Últimamente comía dulces cuando se le antojaba, y Anabel no paraba de darle caramelos, así que ya tenía caries.
Antes, su mamá nunca le habría permitido comer tantos dulces.
Y si hubiera tenido una carie, ella habría sido la primera en darse cuenta.
—Mamá, me duele un diente. No quiero postre.
—Solo es un dolor de muelas, no podemos dejar que el estómago de nuestro Álvaro se quede con hambre, ¿verdad? Come primero, y después mamá te llevará al dentista. Verás que en cuanto te revisen, esa carie desaparecerá en un santiamén.
Las palabras amables de Anabel disiparon poco a poco la desolación en el corazón de Álvaro.

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