—Este no parece ser tu asiento, ¿o sí?
—Cambié de lugar.
—¿Y dónde te sentabas originalmente?
Enzo señaló hacia el frente.
Simona siguió la dirección de su dedo y vio, en el asiento más céntrico y adelantado, a un anciano que parecía visiblemente incómodo.
En galas de este calibre, los asientos del frente, en el centro y con la mejor vista, estaban reservados para las personalidades de más alto rango.
Desde que su verdadera identidad había sido revelada, Enzo ya no se esforzaba por mantener un perfil bajo.
Simona lo miró con resignación.
De repente, Damián le tomó la muñeca.
—Hermanita, siéntate aquí —dijo con calma.
—¿Pasa algo?
—Desde aquí no se ve bien, quiero cambiar contigo.
El asiento de Simona estaba más cerca del centro.
No le dio más vueltas y cambió de lugar con Damián.
Damián se sentó junto a Enzo y se giró para mirarlo con una frialdad palpable.
—Señor Mendoza, ¿dejando un buen asiento para venir a sentarse aquí?
A Enzo no pareció molestarle; una leve sonrisa permanecía en sus labios.
—Un asiento al frente no es necesariamente el mejor. Poder sentarme junto al señor Palacios, ese es mi verdadero honor.
Damián le lanzó una mirada gélida y no dijo nada más.
Sentado en la segunda fila, no muy lejos de ellos, Ulises observaba la interacción entre Simona, Damián y Enzo, y una duda comenzó a crecer en su interior.
Era evidente que Simona tenía una relación mucho más cercana con Damián. ¿Sería él su nuevo protector en Nueva Solana?
Con razón Damián la había defendido tanto en La Mesa Esmeralda. ¿Acaso ya en ese entonces le había echado el ojo?
Y ese tal Enzo, ¿no era el chofer de la familia Mendoza?
¿Cómo era posible que en una gala benéfica como esta estuviera sentado tan adelante?

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