En el estacionamiento, Carlota se sentó en el asiento del copiloto, hojeando las fotos en su tableta, tan molesta que sentía la cabeza a punto de estallar.
—Espera un poco. Hay que ver hacia dónde va cuando salga. Lo seguimos para investigar —dijo, sin apartar la vista de la pantalla.
La curiosidad la carcomía. Quería saber quién era la esposa de ese hombre. ¿Y si era alguien con quien tenía cuentas pendientes, alguien que había ido a fastidiarla a propósito?
Carlota pidió las capturas de las cámaras del local y mandó la foto del tipo al grupo de chat, preguntando si alguien lo conocía o si lo habían visto antes.
El grupo se quedó en silencio.
El BMW negro salió del estacionamiento y dobló hacia el sur. Jorge manejó su carro siguiéndolo hasta el centro de la ciudad.
Dieron varias vueltas, cruzando calles y avenidas, hasta que el BMW desapareció de la vista.
Jorge, frustrado, golpeó el volante.
—¡Carajo! —masculló, tragándose el coraje.
—Regresemos a la oficina.
Carlota seguía atorada con el mismo proyecto de siempre, sin poder darle vuelta a la situación.
El cliente era el primer coleccionista privado en organizar una exposición de joyas, y además el único en Solsepia. Si lograba que todo saliera bien, no tendría que preocuparse nunca más por su reputación.
La familia Mariscal tampoco tendría que preocuparse por hacerse un nombre.
Pero ese hombre la había tenido en vilo desde finales de marzo, estirando el asunto hasta que, por fin, a finales de abril, todo terminó.
Apenas y logró que aprobaran el caso, y todo abril se la pasó montando la exposición.
Cuando por fin pudo respirar un poco, sin tiempo para descansar siquiera...
Beatriz regresó.
Sentada junto a la única mesa del salón, Carlota bebió agua mientras miraba las fotos en su celular.
Revisó la imagen una y otra vez, hasta que no tuvo dudas: era Beatriz.
[Beatriz de verdad sigue viva. La vi en el aeropuerto.]
[No manchen, sigue igual de guapa.]
[Aunque estuvo en silla de ruedas, ni así se le quitó lo bonita. ¡Ahora que ya puede caminar, quién la va a parar?]
Carlota leyó los mensajes de chisme en el grupo, uno tras otro.
Apretó la botella de agua con tal fuerza que casi la revienta.
—Señorita Mariscal, ya está todo listo —anunció uno de los organizadores.
—A mí también me llegó la invitación.
Apenas Ismael terminó de hablar, Regina Gómez apareció con una invitación en la mano.
—¿Este es el lugar donde organizaste la exposición? —preguntó, enseñando la tarjeta.
Carlota le echó un vistazo a la dirección y asintió. Luego, retomó la llamada.
—A nosotros también nos invitaron.
—A lo mejor es algún millonario extranjero. Ya vi varias de las joyas en la exhibición por pura curiosidad y me puse a investigar. Resulta que pertenecen a un empresario de Vancouver —comentó Ismael, pasando la invitación entre los dedos.
Pero en el fondo, tenía la sospecha de que esa invitación era una trampa.
Guardó silencio unos segundos antes de decir:
—Nos vemos en la noche.
—Nos vemos.
Carlota colgó, llena de inquietud.
—Mamá, investiga quién más recibió invitación.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina