Según las palabras de los invitados, la familia era tan poderosa que podrían ser presidentes de Estados Unidos si quisieran.
Poco a poco, la gente fue saliendo del lugar.
Carlota se dirigió al baño y, justo después de lavarse las manos, salió y vio a Ismael recargado en la pared, con esa actitud de quien espera a alguien.
—¿Me estabas esperando? —preguntó Carlota.
Ismael asintió con la cabeza.
—Pensé que esto sería una trampa.
—No lo creo —afirmó Carlota—. Beatriz no tiene tanto poder.
Desde hacía tiempo, ella ya sabía cuánto valían las joyas de la exposición y, sinceramente, dudaba que Beatriz tuviera semejante cantidad de dinero.
—¿Viniste en carro?
Carlota prefirió no darle vueltas al asunto:
—Sí, pero si me llevas tú, la verdad es que me haría más feliz.
Entre más rodeos diera, más sospechas generaba en Ismael. Ella entendía que debía dejarle la decisión a él. Así, por lo menos, sentiría que era realmente lo que él quería.
—Vámonos —dijo el hombre, haciéndose a un lado para caminar hacia el elevador.
...
Apenas llegaron al estacionamiento, vieron a Sonia parada junto a un carro, claramente esperándolo.
En cuanto los vio bajar juntos, Sonia se acercó apresurada, mirando a Carlota con desconfianza.
—¿Ismael?
Ismael ignoró a Sonia y, en cambio, posó la mirada en Gregorio Olmos.
—Voy a llevar a Carlota. Tengo que platicar con ella de unos asuntos.
—Vámonos —intervino Gregorio, sujetando del brazo a Sonia y llevándola hacia su carro. Aunque Sonia se notaba disgustada, no se atrevió a causar más revuelo.
—¿Por qué me llevas así, hermano?
—No te adelantes —le contestó Gregorio—. Carlota jamás va a entrar en la familia Zamudio. Lo que tienes que hacer ahora es mantener la calma.
—¿Tan seguro estás?
—¿Cinco millones de pesos? —le preguntó Isabel.
—Si puedes darme más, mejor.
—Está bien. Dame un número de cuenta —contestó Isabel, sacando una hoja y un bolígrafo de su bolso. El hombre escribió una larga serie de números, y hasta se tomó la molestia de anotar su nombre.
Isabel leyó el nombre en voz alta.
—¿Héctor?
—Bonito nombre, ¿no crees? —le respondió él, con una sonrisa torcida. Lástima que ese nombre solo aparecería pronto en la lista de los muertos.
Quienes representaban una amenaza no podían quedarse.
Isabel agarró la hoja y se marchó sin mirar atrás.
...
En ese momento, la puerta del área de descanso se abrió. Unos tacones color beige resonaron en el piso, y una voz femenina y cortante llenó el ambiente.
—Hoy sí que te llegó tu hora.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina