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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 116

Rubén aprovechó que ella estaba distraída y le apretó suavemente la palma de la mano.

—No tiene nada de malo que seas reservada. Todos tenemos derecho a vivir como nos acomoda, y eso debe respetarse.

—O si quieres, en Montaña Esmeralda hay más villas. Podemos mudarnos a otra, si lo prefieres.

—No, no es necesario.

Beatriz no se atrevió a seguir con la charla. Si seguía hablando, temía que Sebastián y los demás terminaran quedándose sin casa.

—En estos días voy a estar muy ocupado, así que tal vez no pueda estar tan pendiente de ti. Si necesitas algo en Montaña Esmeralda, puedes platicar con Mario. Valeria seguirá encargándose de tus comidas y de lo que necesites. ¿Está bien?

Beatriz asintió, obediente.

Rubén le pasó la mano por la cabeza, como si intentara tranquilizarla.

—Si tienes tiempo, llámame. Y si no contesto, mándame un WhatsApp. En cuanto vea el mensaje, te respondo.

—Si tardo en contestar, no te desesperes.

Beatriz encogió el cuello y volvió a asentir, sintiéndose un poco cohibida.

Sentía que Rubén la trataba como a una niña pequeña.

Esa sensación era extraña, casi incómoda.

¿Será esto de lo que hablan en internet cuando mencionan que hay hombres que actúan como papá?

¡Qué raro!

Rubén la miró, notando cómo se le sonrojaba el cuello. La sonrisa en sus labios se hizo todavía más evidente. Que se pusiera así de nerviosa le parecía buena señal. No quería que su esposa fuera siempre tan impasible delante de él.

—Voy a asignarte a alguien más para que te ayude con los asuntos externos. Liam es hábil, pero le falta madurez.

—Como tú digas.

En el fondo, Beatriz sabía que necesitaba más ayuda.

...

Al mediodía, después de una siesta ligera, Beatriz despertó y notó que Rubén ya no estaba en Montaña Esmeralda.

Se arregló rápido y salió.

La exposición de joyería tendría una duración de una semana. Después de la inauguración de la noche anterior, hoy comenzaron a llegar poco a poco los coleccionistas interesados.

Beatriz avanzó directo al centro del salón, donde una vitrina de cristal exhibía una colección de joyas de cornalina roja que, según decían, había pertenecido a la realeza británica del siglo pasado. Valían una fortuna y brillaban como el fuego.

—¿Felicidades por qué? ¿Por dejar atrás a un patán y empezar de nuevo, o porque ya puedo caminar sin ayuda?

El rostro de Carlota se endureció. Si decía que era por dejar al patán, estaría aceptando que Beatriz la estaba provocando, insinuando que Ismael era un desastre y que ella, Carlota, había corrido tras él.

¿Felicitarla por curarse la pierna? Ni de chiste.

Carlota se quedó mirando las joyas rojas tras el cristal y, con un tono ambiguo, soltó:

—¿Sabías cuántos dueños ha tenido este juego antes de llegar aquí?

Sin esperar respuesta, siguió hablando:

—Desde su creación hasta hoy, ha pasado por seis propietarios. El tercero era un empresario que, por comprarlo, fue asesinado. El cuarto terminó en la cárcel por la misma joya. El quinto lo tuvo como un tesoro familiar.

—Las cosas cambian con el tiempo, igual que las personas. ¿No crees, hermana?

Beatriz apartó la vista de las joyas y la fijó en Carlota, con una expresión desafiante y segura. Levantó una mano y jugó con un mechón de cabello de Carlota, con un gesto elegante y un deje de burla.

—Sigues igual que siempre, Carlota. Tan aferrada a engañarte a ti misma.

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