—¿Beatriz, ya no me reconoces?
—Guillermo Arce.
El aludido se presentó con la confianza de quien ya siente que es parte del grupo.
—Cuando ustedes se casaron, yo vine a este bar. De hecho, es mío —Guillermo señaló el bar a sus espaldas.
Beatriz giró la cabeza, lo miró y esbozó una sonrisa leve.
En el fondo pensó que Luciana sí que sabía elegir lugares.
—Guillermo, yo ya llevo muchos años divorciada de Ismael. Mejor no vuelva a mencionar ese tema, señor Arce.
Un destello de incomodidad cruzó fugazmente el rostro de Guillermo.
—Perdón, no fue mi intención, solo que no tengo otro pretexto para sacar el tema.
Dirigió la mirada hacia Luciana, que casi se le caía encima a Beatriz.
—¿Necesitan ayuda?
—No, gracias —rechazó Beatriz con firmeza.
Entre ellos no había confianza para tanto.
Además, este tal Guillermo, siendo amigo de Ismael, seguro no era trigo limpio. Probablemente, cuando lo de Sonia, también fue de los que prefirieron no meterse.
Luciana, siempre rápida para atar cabos, le soltó bajito:
—¿Es amigo de ese desgraciado de tu ex? Se le nota en la cara que tampoco es buena persona.
—¿Ya llevan años divorciados y todavía sale con que la boda por aquí y la boda por allá? ¿No será que le da miedo que olvides cómo ese patán ni siquiera se apareció ese día y te dejó en ridículo?
Luciana estaba borracha, pero la lengua todavía le funcionaba como siempre.
Bajó dos escalones, se volvió a ver a Guillermo y le tiró en seco:
—Todos son la misma calaña, puros hipócritas.
—¡Oye, tampoco es para tanto! Reconozco que metí la pata, pero no es para que me traten así —reviró Guillermo, visiblemente molesto.
Él juraba que al ver a Beatriz solo quería saludarla. Ni pensó en Ismael.
Se veía relajada, como si solo hubiera salido a tomar el aire. Nada que ver con la imagen de hace cinco años, en su boda, cuando su pierna rota la obligaba a usar silla de ruedas y parecía una flor arrasada por la tormenta.
En aquel entonces, cualquiera creía que se rompería con el menor roce.
Ahora, en cambio, brillaba con fuerza, segura de sí, imponente, incluso un tanto desafiante.
Era, otra vez, la señorita Mariscal que nadie podía ignorar.
Guillermo la soltó y se disculpó.
—¿Toda esa mala vibra conmigo es solo porque soy amigo de Ismael?
—¿No te parece suficiente?
—No es eso. Digo que ya fue mucho. Yo no soy como él, señorita Mariscal, no tienes por qué tratarme así.
—Pues si no fueran iguales, ni se llevarían —intervino Luciana, alzando la voz justo a tiempo.
...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina