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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 37

Isabel recibió la llamada mientras esperaba abajo, impaciente.

Al colgar, miró de reojo a la persona a su lado.

—Ve de una vez.

El hombre abrió la puerta del carro y bajó, apenas dispuesto a dar un paso cuando el teléfono de Isabel volvió a sonar.

No se sabía qué le dijeron del otro lado, pero Isabel masculló furiosa:

—Ni para hacer un encargo sirven.

...

En la habitación, Beatriz se bajó de la cama y, con el arma en mano, la apoyó contra la nuca de uno de los hombres. Al escuchar los golpes en la puerta, empujó a uno de ellos hacia el baño.

—Cuando entren, hazles lo mismo que pensaban hacerme, ¿entendiste?

Su mirada amenazante recorrió al hombre frente a ella.

—Si no, no te prometo que salgas vivo de aquí.

El tipo, sudoroso y lívido, apenas podía pensar. Le habían dicho que ella era una inválida. Que ni siquiera podía ponerse de pie. Pero la mujer que ahora le apuntaba con el arma parecía sacada de una novela de guerra, con esa mirada que podía atravesar el miedo.

En ese momento se oyó el pitido de la tarjeta abriendo la puerta. El otro hombre, escondido tras la puerta, reaccionó enseguida y lo despachó primero.

Después, sus ojos se posaron en Isabel.

Isabel, asustada, trató de escabullirse hacia la salida, pero la sujetaron del brazo y la jalaron de nuevo al interior.

—¿Qué pretendes? —espetó, retorciéndose—. ¿Acaso sabes quién soy?

—Te pagué para solucionar un asunto, ¿y ahora quieren venir por mí?

Pero no tuvo tiempo de seguir quejándose. El hombre no le dio oportunidad ni de forcejear; pronto, los desnudaron a ambos y los arrojaron a la cama, tomándoles fotos como evidencia.

Tras dejar todo arreglado, regresó junto a Beatriz.

La mujer, sentada, era de una belleza que imponía, pero también tenía un aura tan peligrosa que nadie se atrevía a acercarse más de lo necesario.

—¿Y ahora? ¿Qué más les pidió hacer? —preguntó Beatriz.

—Llamar a los medios —respondió el hombre, nervioso—. Después, cuando llegaran los periodistas, la señora aparecería como la suegra atrapando a su nuera en pleno engaño.

¡Vaya teatro que tenían planeado!

Si no fuera porque Beatriz había tomado precauciones, habría caído en la trampa de Isabel.

La voz de Beatriz fue directa, sin rodeos:

—Hotel La Perla, cuarto 2608. Tienes media hora. Si no llegas, no respondo de lo que pueda pasar.

El Hotel La Perla, pese a su nombre elegante, no era más que una pensión barata disfrazada de hotel. Así era Isabel: para sus trucos no gastaba ni un peso de más.

El cuarto olía a humedad y a mala vida. Beatriz, tanto antes como después de su accidente, nunca habría puesto un pie en un lugar así. Le repugnaba lo barato, pero Isabel, con tal de fastidiarla, cruzaba cualquier límite.

...

Ismael llegó corriendo, el corazón en la garganta. Beatriz lo esperaba sentada en el sillón, con Liam parado tras ella, brazos cruzados y mirada amenazadora, como si estuviera listo para lanzarse en cualquier momento.

Dos hombres estaban de rodillas delante de Beatriz, la cabeza gacha, temblando.

Ismael repasó la escena con la mirada y se detuvo en Beatriz.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, la voz tensa.

Beatriz no le contestó directo. En su lugar, lanzó una mirada a los hombres en el suelo.

—A ver, ¿quién de ustedes va a empezar a hablar?

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