El hombre levantó la mirada hacia Ismael y, temblando de pies a cabeza, empezó a contar todo lo sucedido, balbuceando.
Mientras más escuchaba Ismael, más se le endurecía el semblante, como si la temperatura a su alrededor hubiera caído en picada. Sus manos, colgando a los lados, no paraban de temblar. Él ya había notado desde hacía tiempo que Isabel tenía intenciones de darle una lección a Beatriz, pero jamás imaginó que ese día llegaría tan pronto.
—¿Dónde está mi madre?
Liam se acercó a la cama, retiró la sábana y dejó que Ismael viera la escena: Isabel, completamente desnuda, yacía inconsciente sobre el colchón. Junto a ella, un hombre también desnudo dormía igual de perdido.
—Beatriz, ella es tu suegra. En teoría, es tu familia. ¿Qué, quieres verla muerta o qué?
Beatriz soltó una risa cargada de desprecio.
—¿Y cuando ella me quería hundir usando esas porquerías de trucos, acaso pensó que yo era su nuera? ¿De verdad te vas a poner en plan de hijo ejemplar, Ismael?
—No llamé a la policía, ya con eso te estoy haciendo un favor. ¿De verdad crees que, con la situación actual del Grupo Zamudio, pueden darse el lujo de más escándalos?
Beatriz nunca había querido llegar al punto de romper completamente la relación, pero si la familia Zamudio se empeñaba en pisotearla, entonces la culpa era toda de ellos.
No solo la habían traicionado, sino que además pretendían que cargara con la vergüenza de haber sido violada.
Ella siempre había sido precavida, pero cuando se trataba de defenderse, tampoco se quedaba corta.
No pensaba dejar pasar este agravio tan fácil.
Ismael permaneció frente a ella, observándola fijamente, tratando de encontrar un atisbo de debilidad en sus ojos. Pero no encontró nada.
Había escuchado hablar de Beatriz desde pequeño. Sus padres la habían criado como la próxima heredera del grupo familiar. Mientras otros niños pasaban las vacaciones viajando por el país, Beatriz era llevada a reuniones de la empresa.
Con apenas tres o cuatro años, ya aparecía en las páginas de los periódicos financieros.
Tenía talento y agallas, quizás incluso más que él.
Después de un largo silencio, Ismael soltó un suspiro.
—¿Qué es lo que quieres?
Beatriz fue directa.
Beatriz parpadeó lentamente y, con una indiferencia brutal, soltó:
—No te estoy pidiendo que elijas.
Los hombres siempre se creían demasiado importantes, pensaban que con ser hombres ya tenían la ventaja, sin darse cuenta de que ya estaban con el cuchillo en la garganta.
—¡Beatriz! —Ismael, al borde del colapso, avanzó dos pasos con sus zapatos de diseñador reluciendo en el suelo.
Liam, al ver la reacción, se plantó delante de Beatriz y lo miró con furia contenida.
—Siempre es mejor dejar una puerta abierta… uno nunca sabe cuándo se volverán a cruzar.
—¿Ah, sí? Seguro que tu señorita Olmos o la señorita Carlota ni siquiera van a querer verme la cara de ex esposa, ¿no?
—¿Y qué tiene que ver Carlota en esto? Ella está en el extranjero…
Beatriz no le permitió seguir hablando. Le puso el teléfono frente a los ojos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina