Maristela siempre tenía lluvia.
Los aguaceros caían como esos ataques repentinos de locura: aparecían sin aviso y de pronto se largaban, sólo para volver cuando menos lo esperabas.
Era algo que realmente fastidiaba.
Fausto, después de años de esfuerzo, había logrado posicionarse como uno de los cuatro grandes de la ciudad. No sólo por su talento, sino también por el empuje incansable de su suegra, que se había encargado de abrirle camino y defender su lugar con uñas y dientes.
Sin embargo, la historia con su suegra era tan larga y retorcida que no se podía resumir ni en un par de frases.
—Señor, la familia Tamez acaba de llegar. Traen un séquito enorme, llegaron en más de diez carros.
Fausto había terminado de resolver los asuntos con Solsepia y en cuanto pudo, regresó a Maristela.
En su cabeza, una chica sola y sin respaldo, por muy lista que fuera, jamás podría contra la rudeza y la frialdad de los viejos métodos.
Pero jamás se imaginó…
Que la otra parte no estaba tan sola como creía.
El ruido de los motores llenó el patio cuando los carros se detuvieron.
Fausto salió a recibirlos, y apenas vio a Osvaldo, una sonrisa apareció en su cara.
—Osvaldo.
Osvaldo vestía un traje impecable. Después de décadas en el ejército, su porte de mando se notaba incluso en la manera en que respiraba.
Detrás de él, Rubén Tamez bajó del carro y, sin miramientos, arrastró a alguien y lo lanzó a los pies de Fausto.
—Señor Zúñiga, ¿me explica qué significa esto? ¿Por qué su gente se atrevió a meterse con mi esposa?
Fausto, al ver la escena, entornó los ojos y sus arrugas se marcaron más profundo. Miró, desconcertado, a Rubén.
—¿A qué te refieres, Rubén?
—Señor Zúñiga, usted me conoce. Prefiero que vayamos directo al grano en vez de andar con rodeos —replicó Rubén, con el coraje a punto de explotar—.
Toda la paciencia que había mostrado en Solsepia se le había desvanecido por completo.
No podía dejar de pensar en las heridas de Beatriz Mariscal.
Y esta vez, su furia no tenía freno.
Las palabras de Fausto sólo le echaron gasolina a su enojo. Caminó hacia el hombre en el suelo y, sin dudarlo, le dislocó el brazo.
El grito desgarrador retumbó en todo el patio.
¿En qué momento se había casado Rubén?
¿Y con quién?
¿Sería cierto lo que decían los medios sobre el eterno soltero de la familia Tamez? ¿Rubén se había casado y nadie lo había publicado?
Rubén esbozó una sonrisa desdeñosa.
—¿Así que el señor Zúñiga ni siquiera investiga a quién manda golpear antes de actuar?
—¿O es que, en el fondo, el señor Zúñiga ya se siente el dueño de todo?
Al escuchar esto, la expresión de Fausto se tornó aún más dura.
En su mente, la imagen de Beatriz, siempre altiva, apareció con claridad.
[¿Vienes en nombre propio o representas a todo Maristela?]
Por un instante, la cara de Beatriz y el gesto adusto de Rubén parecieron fundirse en uno solo.
En ese momento, Fausto finalmente entendió lo que estaba ocurriendo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina