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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 49

—¿Se fue a recoger a Carlota? —Sonia lo soltó sin pensar.

Izan se quedó pasmado. Esa chica… ¿por qué sonaba como si viniera a reclamar cuentas?

—Pues... la verdad, no estoy seguro. Los asuntos personales del señor Zamudio normalmente no me los comunica.

—Eres su secretario, ¿cómo es posible que no sepas? —El tono de Sonia era tan agitado que parecía que no iba a parar hasta sacar la verdad.

Gregorio, al ver la cara tensa de Izan, no lo dudó y sujetó el brazo de su hermana.

—Soni, compórtate, ten un poco de respeto.

Al fin y al cabo, Izan era el secretario de Ismael, y eso no era poca cosa.

Sonia captó la mirada seria de su hermano y, por fin, bajó la guardia. Tartamudeó algo y se disculpó con Izan:

—Izan, perdón, me ganó la ansiedad.

Izan agitó la mano, incómodo.

—Señorita Olmos, entiendo su preocupación, pero el señor Zamudio nunca me comparte sus planes privados.

Gregorio tiró de Sonia rumbo a la salida. Apenas subieron al carro, él le reclamó enseguida:

—Te pasaste, Izan es el secretario personal de Ismael, no puedes tratarlo así.

—Perdón, no quise ser grosera —Sonia respondió entre sollozos, agachando la cabeza—. Es que de verdad estoy muy preocupada... Me costó tanto trabajo estar con Isma, y no quiero que otra mujer me lo quite.

Gregorio la observó llorar bajito, y por un momento dudó si ayudarla a estar con Ismael había sido la decisión correcta.

Con solo pensar en la amiga de la infancia de Ismael, esa que era su gran amor imposible, o en Beatriz, que ni siquiera podía caminar bien, su hermana no podía competir.

Con ese carácter tan impulsivo, en una telenovela no sobreviviría ni dos episodios.

—Vámonos ya.

—¿Puedo esperarlo aquí?

—Si quieres esperar, hazlo, pero yo tengo otras cosas que hacer, me tengo que ir.

...

Ya entrada la tarde, cuando Ismael volvió a la oficina, Izan se le acercó:

—La señorita Olmos vino. Desde el mediodía ha estado esperando.

Sonia entró y, para su sorpresa, Ismael mismo le sirvió un vaso de agua.

—En un rato tengo que seguir trabajando. Si quieres descansar, hazlo, pero si no tienes nada importante, le pediré a Izan que te lleve de regreso.

—¿Carlota va a volver? —Sonia, siempre consentida y sin mucha paciencia, no lo pudo evitar.

Ismael, justo inclinado para dejar el vaso de agua, se quedó congelado por un par de segundos. Ya era la tercera vez que le preguntaban por Carlota.

La primera, Beatriz.

La segunda, un amigo del trabajo.

—No lo sé. Si solo viniste a preguntar eso, ya tienes mi respuesta. Puedes irte.

—Isma, no puedes tratarme así... Nosotros... —Sonia dudó, tragándose las palabras que no se atrevía a decir.

Con las manos apretando la falda, murmuró, casi sin aire:

—Si te portas así, parezco una... una cualquiera.

Para Sonia, dormir juntos significaba que ya eran pareja, que había un vínculo real. La actitud lejana de Ismael la llenaba de angustia, como si de pronto todo lo que sentía no valiera nada.

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