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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 875

Al escuchar esas palabras, al señor Tamez se le partió el corazón.

Inmediatamente, la abrazó para consolarla.

—Tranquila, mi amor…

Sentado en el borde de la cama, la rodeó con sus brazos. Preocupado por presionar su vientre, se levantó y la llevó hasta el sillón individual para que pudiera recostarse cómodamente en su regazo.

Le acomodó la postura para que estuviera más a gusto.

—Este será el único, te lo prometo. No volveremos a pasar por esto.

—Y si el bebé no se porta bien, cuando nazca hablaré con él. Yo me encargaré de ponerlo en su lugar, no dejaré que te sientas mal por su culpa.

Beatriz se sentía fatal.

Estaba agotada, pero no podía dormir bien. Era un tormento tanto físico como mental.

Cuanto más intentaba Rubén consolarla, peor se sentía, más vulnerable.

Se aferró a su cuello y empezó a llorar con sollozos entrecortados.

Con sus emociones a flor de piel, el bebé dentro de ella se agitaba aún más.

El vientre de Beatriz estaba pegado al pecho de él, y Rubén podía sentir claramente los movimientos del pequeño.

No lograba calmar a la madre, y el bebé tampoco estaba tranquilo.

El mundo del señor Tamez se venía abajo.

Esa noche, mientras Beatriz yacía en la cama, medio dormida, escuchó la voz grave de Rubén en la sala de estar.

—Sí…

—No está de muy buen humor.

—¿Podría venir a quedarse un par de días para acompañarla? O quizá Luciana podría tomarse unas vacaciones y llevarla a algún sitio para que se distraiga.

***

A la mañana siguiente, Luciana apareció. Llegó con varias bolsas y un perro.

Un adorable bichón frisé, puramente blanco.

Vanesa, al ver al perro, se quedó paralizada. Siempre había tenido una debilidad por los animales peludos, así que lo abrazó y lo llenó de mimos.

—¿Desde cuándo tienes perro? —le preguntó Beatriz a Luciana, con curiosidad.

—No es mío.

—¿De quién es?

—De un prospecto.

Beatriz asintió. Entendido.

Como era fin de semana y Vanesa estaba aburrida en casa, organizó una carne asada.

En el jardín, Beatriz observaba desde lejos a Vanesa y Luciana volteando las brochetas en la parrilla.

El cálido sol de primavera les daba en la espalda, tan agradable que no necesitaban abrigo. Llevaban suéteres delgados y ajustados que resaltaban sus esbeltas cinturas.

Beatriz se miró la suya y suspiró con resignación.

Su rostro reflejaba una tristeza infinita.

—No te angusties —dijo Rubén, apareciendo detrás de ella y rodeándola con un brazo para atraerla hacia él.

La consolaba con su cercanía.

—¿Qué mujer embarazada no se siente angustiada? —suspiró Beatriz.

Últimamente, el señor Tamez se había dedicado a leer libros e incluso a publicar en foros de internet, preguntando a desconocidos cómo aliviar la ansiedad de su esposa durante el embarazo.

Había aprendido bastante.

En cuanto Beatriz terminó de hablar, el maduro y preparado señor Tamez le ofreció una solución:

—Cuando nazca el bebé, yo me encargaré de cuidarlo a tiempo completo. Tú te concentras en recuperar tu figura y volver a sentirte tú misma. Te aseguro que te recuperarás más rápido que nadie.

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