¿Aunque tenga que pasar hambre?
—Claro, siempre que sea de forma razonable.
—¿Y si decido no involucrarme en nada? —volvió a preguntar Beatriz.
—También. Yo lo cuido, yo lo crío, yo lo mantengo.
Ella soltó una risita.
—¿A que has estado tomando clases a mis espaldas? Clases de cómo hacer feliz a tu esposa.
—Nunca se deja de aprender, ¿no?
Pero la verdad era que no solo Beatriz estaba ansiosa. Él también, al verla tan decaída, se moría de la preocupación. Su calma era solo una fachada.
¿Cómo podría Beatriz no sentir el amor de Rubén? Ese cariño, contenido y paciente, lleno de preocupación e impotencia, se manifestaba en cada pequeño detalle de su vida cotidiana.
Desde que estaba embarazada, se levantaba más seguido por la noche. Y no importaba qué tan tarde fuera, el hombre a su lado siempre se despertaba con ella para acompañarla al baño.
Con el embarazo, sus defensas habían bajado y su piel se había vuelto más sensible. Si usaba ropa incómoda, le salía un sarpullido. Él había mandado a vaciar un armario entero solo para guardar la ropa que ella ya había usado y sabía que le resultaba cómoda.
Cuando el bebé la agotaba y su ánimo decaía, a pesar de estar ya en el séptimo mes, no tenía ganas de preparar las cosas para su llegada. Era él quien se encargaba de todo. Si no sabía algo, investigaba en internet; si aún tenía dudas, pedía ayuda a su hermano y su cuñada. Y si era urgente, llamaba a Berta o a la abuela.
Él era meticuloso, atento a cada detalle.
Por muy ocupado que estuviera en el trabajo, siempre encontraba tiempo para entrevistar niñeras.
Y sin importar lo tarde que terminara, siempre volvía a casa.
Desde que Edgar había regresado a Solsepia, Rubén, que antes no solía asistir a tantos eventos sociales, ahora acudía a todos los que organizaba Edgar. Y en esos compromisos, el alcohol y el tabaco eran inevitables. Pero sin importar cuánto bebiera o si estaba mareado, lo primero que hacía al llegar a casa era ir a una de las habitaciones de huéspedes para asearse antes de acercarse a ella, por miedo a que el olor a alcohol y cigarro le molestara.
Eran tantos, tantos detalles…
Beatriz se giró ligeramente, agarrando el borde de su camisa. Levantó la vista hacia él, sus ojos claros empañados por las lágrimas. La mirada acuosa que le dedicó hizo que a Rubén se le encogiera el corazón.
Él tenía miedo. Miedo de que las emociones impredecibles del embarazo la sobrepasaran y no supiera cómo manejarlo, temiendo que pudiera afectarla a ella o al bebé.
Pensar que él, un magnate de los negocios que dirigía un imperio con miles de empleados, se sentía así… Podía manejar una corporación entera, pero el embarazo de su esposa casi lo había derrotado.
—¿Qué pasa, mi amor?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina