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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 877

*Tsssss*.

La grasa de la brocheta que sostenía Luciana goteó sobre las brasas, produciendo un siseo.

Beatriz le dio un mordisco a su brocheta, mirando a Luciana con una expresión de quien espera un buen espectáculo.

«¡Qué mala suerte!», pensó Luciana. «Siempre que vengo, me lo encuentro».

—¡Oye, señor Urbina! ¡Ven, ven, recién salidas de la parrilla! —Vanesa, al igual que Joaquín, se llevaba bastante bien con Ireneo.

Después de todo, compartían el mismo yugo. Ambos eran explotados por Rubén, así que era inevitable que sintieran cierta camaradería. Eran como hermanos de trinchera; sería extraño que no se llevaran bien.

Vanesa le ofreció a Ireneo una brocheta recién hecha.

—Ten, prueba.

Ireneo la tomó y le dio un mordisco.

—Está muy buena. Podrían poner un puesto.

—Las hizo Luciana, ¿a que es toda una profesional?

Ireneo dirigió una mirada entre burlona y seria a Luciana y asintió.

—Muy profesional.

Luego, con un tono ambiguo, preguntó:

—Y dígame, señorita Barrales, ¿en qué anda ocupada últimamente?

—En nada especial…

—¡Anda de citas! —intervino Vanesa alegremente, dándole un mordisco a su carne y señalando al perro que estaba a un lado—. Mira, ¡hasta trajo al perro de su pretendiente! Parece que la cosa va en serio.

—Y el perrito es un encanto, eh. Cuesta 390,000 pesos.

Ireneo miró de reojo al perro que descansaba no muy lejos. Apretó la mandíbula y, por un instante, un destello de furia cruzó su mirada.

—Teniendo a su amigo con derechos en espera mientras sale en citas… Señorita Barrales, veo que le gusta jugar en varias canchas.

Vanesa se quedó helada. «¿Qué demonios?», pensó.

Joaquín: «¿Me perdí de algo? ¿Hay chisme?».

Rubén: «…».

Beatriz: «No quiero ni ver».

—Señor Urbina, creo que tiene un prejuicio contra mí. Usted mismo lo dijo: “amigo con derechos”. No veo dónde está el engaño.

—Siendo solo eso, no entiendo por qué no tiene la madurez para aceptarlo. Quizá ya es hora de que lo despida —respondió Luciana con indiferencia mientras espolvoreaba comino sobre la carne.

—¿Cómo? ¿Acaso tiene un sistema de evaluación de desempeño con despido para el que no cumpla? ¡Qué profesional es usted, señorita Barrales!

—Señor Urbina, como director que es, debería saber que si el “servicio al cliente” no está a la altura de la estrategia, hay que optimizar recursos.

—Es de sentido común, ¿no cree?

—¿Y no será que el problema es la estrategia, señorita Barrales?

Luciana e Ireneo se enfrascaron en un duelo de indirectas. Si Rubén no se hubiera dado cuenta a estas alturas de lo que pasaba, estaría ciego. Ya entendía por qué Ireneo andaba con un humor de perros últimamente. Claro, se había metido con Luciana.

Rubén colocó una mano en la espalda baja de Beatriz y le dio un apretón suave. Ella, obligada, levantó la vista y vio en los ojos de su marido una mezcla de advertencia y disgusto.

Beatriz no se atrevió a sostenerle la mirada. Bajó la cabeza y fingió seguir comiendo para evitar sus ojos.

Justo cuando iba a dar un mordisco, él le quitó la brocheta de la mano y la guio hacia la sala.

En cuanto la puerta de cristal se cerró, asegurándose de que los de afuera no pudieran oírlos, Rubén preguntó:

—¿Esos dos se acostaron?

Beatriz: «…».

—¿Adultos? ¿Y por eso terminaron siendo solo amigos con derechos?

Beatriz también sonrió, pero con un deje de desdén que hizo que el bebé se moviera en su vientre.

—¿Me estás reclamando a mí? ¡Pues yo también tengo algo que preguntarte! A Ireneo, con su fobia al compromiso, tenerlo como amigo con derechos es casi un acto de caridad. ¿Qué esperabas que hiciera Luciana? ¿Casarse con él? ¿Acaso él puede asumir la responsabilidad de un matrimonio y una familia?

—¿Y tú vienes a reclamarme a mí? ¡Yo debería reclamarte a ti por no haberme dicho antes cómo era Ireneo! Si hubiera sabido que era así, le habría dicho a Luciana que se mantuviera lo más lejos posible de él.

Rubén no compartió su punto de vista.

—Creer o no en el matrimonio es una elección personal, igual que hay gente que decide no tener hijos y otra que tiene tres. Como amigo, su integridad es intachable. Como empleado, su capacidad es excepcional. Para mí, eso es suficiente. Pero Luciana… ¿de todos los hombres tenía que enredarse con Ireneo? Son del mismo círculo, se van a ver constantemente. ¿No le da vergüenza?

—Ya está saliendo con alguien más, parece que la cosa va en serio. Imagínate que un día venga a casa con su esposo y se encuentre con Ireneo. ¿Quién va a pasar el mal rato?

La lógica de Rubén encendió la ira de Beatriz.

Se apoyó una mano en la cintura y lo miró con molestia.

—No me vengas con sermones. Mejor ve pensando en cómo se lo vas a explicar a mis tíos. Ireneo es tu amigo, y la hija de ellos se acostó con él, solo para descubrir que él no quiere compromisos.

—Y si tanto rechaza el matrimonio, aunque Luciana lo haya buscado primero, él debería haberse mantenido firme. En lugar de eso, anda por ahí pregonando su fobia al compromiso mientras se acuesta con ella.

—Si tiene tantas necesidades, ¿por qué no se dedica a la prostitución? Así las satisface y de paso gana dinero.

Al oír eso, Rubén sintió un escalofrío.

—Bea, ¿cómo puedes decir algo así?

—¡Tú empezaste!

—Son dos adultos, ¿no pueden resolver sus propios problemas? ¿Por qué tienes que meterte tú a defender a uno?

—¿Defenderlo? ¿Crees que lo estaba defendiendo? —replicó el señor Tamez, sintiéndose muy ofendido.

—Estás a punto de dar a luz. Si quiero concentrarme en ti, necesito que Ireneo esté al frente de la empresa. Pero con Luciana volviéndolo loco, anda todo el día como un alma en pena. ¿Cómo esperas que me quede tranquilo en casa contigo?

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