*Tsssss*.
La grasa de la brocheta que sostenía Luciana goteó sobre las brasas, produciendo un siseo.
Beatriz le dio un mordisco a su brocheta, mirando a Luciana con una expresión de quien espera un buen espectáculo.
«¡Qué mala suerte!», pensó Luciana. «Siempre que vengo, me lo encuentro».
—¡Oye, señor Urbina! ¡Ven, ven, recién salidas de la parrilla! —Vanesa, al igual que Joaquín, se llevaba bastante bien con Ireneo.
Después de todo, compartían el mismo yugo. Ambos eran explotados por Rubén, así que era inevitable que sintieran cierta camaradería. Eran como hermanos de trinchera; sería extraño que no se llevaran bien.
Vanesa le ofreció a Ireneo una brocheta recién hecha.
—Ten, prueba.
Ireneo la tomó y le dio un mordisco.
—Está muy buena. Podrían poner un puesto.
—Las hizo Luciana, ¿a que es toda una profesional?
Ireneo dirigió una mirada entre burlona y seria a Luciana y asintió.
—Muy profesional.
Luego, con un tono ambiguo, preguntó:
—Y dígame, señorita Barrales, ¿en qué anda ocupada últimamente?
—En nada especial…
—¡Anda de citas! —intervino Vanesa alegremente, dándole un mordisco a su carne y señalando al perro que estaba a un lado—. Mira, ¡hasta trajo al perro de su pretendiente! Parece que la cosa va en serio.
—Y el perrito es un encanto, eh. Cuesta 390,000 pesos.
Ireneo miró de reojo al perro que descansaba no muy lejos. Apretó la mandíbula y, por un instante, un destello de furia cruzó su mirada.
—Teniendo a su amigo con derechos en espera mientras sale en citas… Señorita Barrales, veo que le gusta jugar en varias canchas.
Vanesa se quedó helada. «¿Qué demonios?», pensó.
Joaquín: «¿Me perdí de algo? ¿Hay chisme?».
Rubén: «…».
Beatriz: «No quiero ni ver».
—Señor Urbina, creo que tiene un prejuicio contra mí. Usted mismo lo dijo: “amigo con derechos”. No veo dónde está el engaño.
—Siendo solo eso, no entiendo por qué no tiene la madurez para aceptarlo. Quizá ya es hora de que lo despida —respondió Luciana con indiferencia mientras espolvoreaba comino sobre la carne.
—¿Cómo? ¿Acaso tiene un sistema de evaluación de desempeño con despido para el que no cumpla? ¡Qué profesional es usted, señorita Barrales!
—Señor Urbina, como director que es, debería saber que si el “servicio al cliente” no está a la altura de la estrategia, hay que optimizar recursos.
—Es de sentido común, ¿no cree?
—¿Y no será que el problema es la estrategia, señorita Barrales?
Luciana e Ireneo se enfrascaron en un duelo de indirectas. Si Rubén no se hubiera dado cuenta a estas alturas de lo que pasaba, estaría ciego. Ya entendía por qué Ireneo andaba con un humor de perros últimamente. Claro, se había metido con Luciana.
Rubén colocó una mano en la espalda baja de Beatriz y le dio un apretón suave. Ella, obligada, levantó la vista y vio en los ojos de su marido una mezcla de advertencia y disgusto.
Beatriz no se atrevió a sostenerle la mirada. Bajó la cabeza y fingió seguir comiendo para evitar sus ojos.
Justo cuando iba a dar un mordisco, él le quitó la brocheta de la mano y la guio hacia la sala.
En cuanto la puerta de cristal se cerró, asegurándose de que los de afuera no pudieran oírlos, Rubén preguntó:
—¿Esos dos se acostaron?
Beatriz: «…».
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina