—¡Tío…!
—¡Tío…!
—¡Se están peleando…!
Vanesa entró a la casa corriendo, tropezándose con sus propios pies, presa del pánico. Señaló hacia el jardín con los ojos muy abiertos, mirando a Rubén.
¡Por todos los cielos, Ireneo y Luciana habían pasado de las palabras a los golpes! Era aterrador.
Ni siquiera había entendido bien por qué empezaron a discutir, y de repente ya se estaban agrediendo.
¡Aaaah! ¿Qué parte del chisme se había perdido?
Al oír esto, el señor Tamez se giró para salir, pero recordó algo y se volvió hacia Beatriz.
—Tú quédate aquí, no salgas.
Beatriz sabía que, en su estado, solo estorbaría, así que no insistió. Se quedó de pie junto al ventanal, estirando el cuello para ver qué pasaba afuera.
Alcanzó a ver a Luciana apuntando a Ireneo con uno de los pinchos de metal para las brochetas mientras le gritaba algo. No muy lejos, el perrito, que antes estaba impecable, ahora parecía un trapo sucio, como si alguien lo hubiera maltratado.
Rubén se acercó y les gritó. Ambos retrocedieron un paso.
Luciana, como para desahogarse, arrojó el pincho de vuelta al plato. Ireneo se ajustó el cuello de la camisa para ocultar un arañazo.
«¡Maldita mujer!», pensó. «Parece un gato, hasta araña».
—¿Tiene algún sentido esto? Ni siquiera tienen una relación seria y ya están peleando a golpes.
La mirada de Rubén iba de uno a otro, pero finalmente se centró en Ireneo.
—No es como si fueran a casarse. ¿Por qué actúas como si te hubiera puesto los cuernos?
Amigos con derechos. Si se llevan bien, se ven. Si no, cada uno por su lado. ¿Qué era eso de no querer casarse pero sí involucrar sentimientos? ¿A qué estaban jugando?



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina