Mientras hablaba, Luciana abrió la aplicación de su banco, con la intención de devolverle los ocho millones a Rubén.
Si la conversación se hubiera quedado en el tema de mantener la relación con Ireneo, quizás no habría sospechado. Pero en el momento en que ese desgraciado de Rubén dijo «hay otro asunto», supo que la cosa se había complicado.
Rubén sintió una punzada de nerviosismo, pero su rostro permaneció impasible mientras seguía bebiendo su té.
Como bien dijo un antiguo sabio: aquel que puede mantener la calma en medio de la tormenta, es digno de ser un gran general. Las artimañas de Luciana no eran suficientes para alterar su compostura. Después de tantos años en el mundo de los negocios, ciertas cosas se le habían grabado a fuego en el carácter.
Observó fríamente a Luciana mientras ella intentaba hacer la transferencia sin éxito.
—Para transferencias de grandes montos, tienes que autorizarlas primero en el banco —le recordó amablemente.
En otras palabras: aunque quisieras devolverlo, ¡no tienes el permiso para hacerlo! ¡Es inútil!
«¿¡QUÉ!?».
Luciana lo miró boquiabierta, sintiendo claramente que le habían tendido una trampa.
—Ya aceptaste el dinero. La señorita Barrales no es alguien que falte a su palabra, ¿verdad?
»Y si lo hicieras y yo le contara a tu padre que recibiste ocho millones de mí, ¿no sería peor para ti?
»De todos modos, te romperá las piernas si no te casas, y también si aceptas mi dinero. Si yo fuera tú, tomaría el dinero, cerraría la boca y así tendría dinero, un hombre y las piernas intactas. Tres pájaros de un tiro, ¿no crees, señorita Barrales?
Luciana se quedó en silencio. Después de un largo rato, finalmente habló:
—Ireneo tenía razón.
—¿Qué dijo de mí?
—Dijo que… Olvídalo, no tiene caso hablar de eso contigo…
Rubén se sintió intrigado. ¿Lo estaba dejando con la duda? ¡No se lo iba a decir! ¡Que lo adivinara él mismo!


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