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Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor! romance Capítulo 122

—Soy la madre de Salomón, Blanca. Supongo que la señora ya te dijo todo lo que tenía que decir. ¿Vas a empacar tus cosas?

—Señora Escalante, ya le expliqué a la señora. Salomón y yo no tenemos el tipo de relación que ustedes imaginan, él solo me ayudó por amabilidad. Para aclarar las cosas, debería irme de la casa Escalante, pero ahora mismo no puedo hacerlo.

—¿No te vas de la casa Escalante? La señora no es fácil de engañar. ¿Crees que te permitirá quedarte?

La mirada de Blanca era afilada, pero Melibea respondió con calma:

—Independientemente de si la señora me tolera o no, por ahora no puedo irme.

—Hablas con mucha seguridad. ¿Acaso ignoras lo que dice la señora porque crees que vivirás más que ella y piensas quedarte aquí para siempre?

—De ninguna manera pienso quedarme para siempre. En cuanto cure la pierna de Salomón y logre que Selena vuelva a hablar, me iré.

Las palabras de Melibea hicieron que los ojos de Blanca se abrieran de par en par.

Era lo que siempre había anhelado escuchar, pero hasta ahora, ningún médico se había atrevido a prometérselo.

Después de innumerables decepciones, lo oía en el momento más inesperado.

Fingiendo calma, dijo: —¿Hacer que Salomón se levante? Su pierna ha sido vista por tantos médicos y no ha podido recuperarse. Hace mucho que perdió toda esperanza. Y esa niña, Selena, está destinada a no hablar en toda su vida.

Decir esas palabras era como un cuchillo en el corazón de Blanca.

Miró a Melibea con una intensidad renovada.

—Dices que esperarás a que su pierna sane y a que Selena hable. ¿No significa eso que planeas quedarte en la casa Escalante toda la vida?

—¿Y qué harás si no lo logras en tres meses?

—Lo siento, señora Escalante, pero no puedo hacer ninguna apuesta con usted. El proceso de curación es complicado y lleno de obstáculos. Haré lo mejor que pueda, fiel a mi ética profesional. Salomón y yo de verdad no tenemos la relación que usted imagina. No soy tan encantadora.

—¿Que no eres tan encantadora? Pero si vi cómo Evaristo te…

—Señora, discúlpeme. La respeto, pero le pido que también me respete a mí.

—Déjame terminar, ¿cómo sabes que no te estoy respetando?

—Porque ya he escuchado frases similares tantas veces que podría recitarlas de memoria. El prejuicio en el corazón de una persona es como una montaña.

—El prejuicio en el corazón es ciertamente una montaña, pero algunas personas pueden cruzar montañas y valles. Como tú, por ejemplo.

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