Salomón habló con una profunda ternura. En ese instante, los dos niños, como si estuvieran perfectamente coordinados, empezaron a servirle comida a Melibea.
—Meli, come camarones —dijo Andrés.
Selena le sirvió una costilla de cerdo. El trío actuaba como si Melibea fuera el centro de su universo.
Otros comensales comentaban en voz baja: —Qué niños tan educados, hasta le sirven a su mamá. A los míos tengo que darles de comer en la boca.
—Qué afortunada. Tener un par de hijos así y un esposo tan guapo.
El rostro de Brando se ensombreció. Miró a Renán y le dijo: —Renán, estos son tus camarones favoritos, come un poco.
—Pero no sé pelarlos. Antes, mamá siempre me los pelaba —respondió Renán.
Brando sabía perfectamente que su hijo no sabía pelar camarones; se los había servido a propósito.
Entonces, Brando miró a Melibea. —Reni quiere comer camarones, pero no sabe cómo pelarlos. ¿No decías antes que son muy nutritivos y que debía comer más?
Brando la miró fijamente. Reni quería camarones, ¿acaso no iba a pelárselos de inmediato?
Renán ya estaba bastante afectado por lo que había pasado ese día. Brando le estaba ofreciendo una salida, una oportunidad para que madre e hijo hicieran las paces. Esperaba que ella lo entendiera.
Melibea y Brando cruzaron miradas. ¿Qué pretendía? ¿Que fuera a su mesa a pelarles los camarones?
Tenía sentido. Antes, todos los camarones que comían se los pelaba ella. ¿Cuándo se habían ensuciado las manos ellos?
Ahora que ella no estaba, ¿ni siquiera podían comer camarones solos?
Andrés, al ver la actitud altanera de Brando, dijo furioso: —¿Quieren comer camarones? ¿Por qué no se los pelan ustedes mismos? ¿O esperan que Meli lo haga? ¡Qué descaro!
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