—¡Es lo que merezco!
Melibea guardó silencio. ¿Qué pudo haber pasado para que él sintiera que merecía no poder caminar?
—Solo sientes curiosidad por mi pierna. ¿No te preguntas de dónde salieron Andrés y Selena?
Salomón la miró con una emoción que ella no pudo descifrar.
—Soy médico. Mi trabajo es tratarlo, así que solo me interesa cómo se lesionó. De dónde vienen Andrés y Selena no es asunto mío.
Y era verdad. Con quién había tenido a sus hijos no tenía nada que ver con ella.
¿Por qué debería saberlo?
Mientras tanto, escondidos en un rincón, los dos niños y su abuela cuchicheaban:
—¿Qué les pasa a esos dos? Cuesta trabajo entender de qué hablan.
—Sí, mataron la conversación en un segundo. ¿Acaso no tienen nada de química? ¡Qué desesperación!
De repente, se escuchó un estrépito.
Cayeron unos sobre otros. Melibea se sobresaltó al verlos aparecer de la nada. Por suerte, su mano se mantuvo firme; de lo contrario, habría atravesado la pierna de Salomón con la aguja.
—Disculpen.
El trío se levantó, avergonzado. Salomón los fulminó con la mirada.
—Les encanta espiar, ¿verdad?
—¿Espiar? ¡Qué dices! Se me olvidó algo —se excusó Blanca, nerviosa.
Con una expresión incómoda, añadió—: Andrés, Selena, ayuden a la abuela a buscar. Se me cayó mi pulsera de perlas. Rápido, busquen... busquen.
Mientras buscaba por el suelo, Blanca dijo en voz alta:

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