Melibea asintió.
—Cuando mi hijo tenía trece años —comenzó Blanca con voz grave—, conoció a una niña. Era de una familia adinerada, y era experta en todo: equitación, tiro con arco, matemáticas avanzadas, astronomía... Mi hijo quedó fascinado con ella y se hicieron muy buenos amigos.
Un día, secuestraron a la niña. Mi hijo, sin tiempo para avisar a nadie, los siguió y terminaron llevándoselo también a aguas internacionales. Allí, sufrió torturas inhumanas. A la niña la arrojaron al mar. Nunca encontraron su cuerpo. Mi hijo quedó lisiado y, desde ese día, no ha permitido que ninguna mujer se le acerque. Se fue haciendo mayor, y yo empecé a preocuparme. Un día, apareció con Andrés y Selena en brazos. Pensamos que por fin había superado el pasado, que tenía una novia. Pero han pasado cinco años y sigue sin haber nadie en su vida. No sabemos quién es la madre de los niños. A veces pienso que quizá recurrió a algún método de reproducción asistida. Cada vez que le pregunto, guarda un silencio absoluto.
Con Andrés y Selena en su vida, es aún más difícil convencerlo de que salga con alguien. Parece decidido a ser padre soltero, a quedarse solo para siempre. No hay forma de persuadirlo. Tú eres la primera mujer a la que se acerca por iniciativa propia desde aquel incidente.
Melibea no podía creer lo que escuchaba. Salomón había pasado por algo así. Su pierna... debió haber vivido un infierno en altamar, y la niña que intentó proteger tuvo un final trágico.
De repente, una tormenta se desató en su interior. Imágenes de un niño siendo golpeado brutalmente destellaron en su mente, acompañadas de gritos desgarradores y risas escalofriantes.
Por un instante, sintió que le faltaba el aire.
—¿Estás bien? —preguntó Blanca, al notar el pálido rostro de Melibea.
—Solo... me duele pensar en lo que pudo haber pasado.
Blanca la miró conmovida. Solo con describirle los hechos, ella había empatizado profundamente.
Era una persona verdaderamente bondadosa.
—Lo siento, no quise asustarte.

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