Renata vio el bolso Birkin junto a Blanca. Era el mismo que había visto el día anterior, pero no lo compró porque no le alcanzaba el dinero en la tarjeta. Hoy había venido específicamente por él.
¡Cómo se atrevía esa cazafortunas a ponerle los ojos encima!
Renata dijo con sarcasmo:
—Melibea, tú y tu amiga interesada, ¿mirando este bolso? ¿Siquiera saben cuánto cuesta? Vale dos millones de pesos. Si lo dañan con sus sucias manos, no podrían ni pagarlo.
Blanca notó la forma en que Renata había mirado el bolso; era obvio que lo deseaba.
No lo tenía, pero sabía su precio.
Blanca sonrió con complicidad.
—¿Sabes cuánto cuesta porque no te lo puedes permitir y por eso se te quedó grabado?
—Tú...
Renata estaba que echaba humo.
—Las que no pueden pagarlo son ustedes. Hoy vine precisamente a llevarme este bolso.
—Pues llegas tarde. Este bolso ya es de Meli.
—¡Qué ridículo! Eres una mentirosa de primera. ¿De verdad crees que Salomón le compraría un bolso de dos millones a Melibea? ¡Por favor! No es más que su canario en una jaula de oro. No va a gastar tanto en un simple juguete. Y tú, no pienses que por seguirla vas a sacar tajada. ¡Una chica debe tener un poco de decencia!
El rostro de Renata se puso verde de la rabia. En ese momento, llegó Claudia.
Renata la había llamado diciendo que la habían dejado fuera de la tienda de lujo y que necesitaba que viniera a solucionar el problema.
Claudia llegó con una expresión de fastidio. Qué inútil, ¿cómo podía una marca de lujo negarle la entrada? Sin embargo, al ver que se trataba de Melibea, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
—Melibea, ¿qué haces aquí? ¿Acaso puedes pagar algo de esta tienda? Qué humillante.
—A mí parecer, ustedes dos deben ser madre e hija, en vez de suegra y nuera —intervino Blanca—. Son igual de venenosas y crueles.
—¿Y tú quién diablos eres? —preguntó Claudia, sintiendo que le resultaba vagamente familiar.

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