—Solo es una amiga cazafortunas de Melibea —respondió Renata—. Anda pegada a ella a ver si saca algo. Una ignorante sin clase.
—¡La única ignorante sin clase aquí eres tú, entiendes! —replicó Melibea.
—Melibea, ¿cómo te atreves a insultarme? No olvides que soy tu...
Estaba tan acostumbrada a dárselas de importante que casi se le escapa.
Sin embargo, Blanca la interrumpió bruscamente.
—¿Eres su qué? Piénsalo bien antes de hablar. Ella ya no tiene ninguna relación contigo. No te acostumbres a esos aires de grandeza, que ya no te quedan.
Renata, furiosa, miró a Claudia.
—¡Pah, ni que me interesara tener relación con Melibea! Con tener a Claudia como nuera me basta y me sobra.
Dicho esto, añadió deliberadamente:
—Claudia, ese bolso Birkin me encantó desde ayer. Pide que me lo envuelvan.
Claudia se quedó helada. Era el nuevo Birkin, con un precio de dos millones de pesos. ¿Cómo se atrevía a pedirle que se lo comprara? Esa vieja tenía mucho descaro.
Sin embargo, gastar dos millones frente a Melibea para restregárselo en la cara no era mala idea. Al fin y al cabo, cuando Renata muriera, el bolso sería suyo. Era como humillar a Melibea sin gastar un centavo. Valía la pena.
Renata estalló en insultos.
—¿Qué estás diciendo? ¿No tienes cerebro? ¿No ves que no es más que una simple amante mantenida? ¿De dónde va a sacar el dinero esa mujer para comprar un bolso de dos millones?
—Es ridículo que alguien sin criterio como tú trabaje en una marca de lujo —añadió Claudia.
—Salomón no va a pagar por esto. ¡Cobra de una vez y dame el bolso!
Blanca soltó una risa fría.
—Salomón no solo le compra un bolso. ¿Por qué no les cuentas cuántos bolsos encargó Salomón aquí, señorita?

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